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La última de las muchachas del menú

Written by Denise Chávez
Translated by Liliana Valenzuela


La última de las muchachas del menú
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Category: Fiction - Cultural Heritage; Fiction - Coming Of Age
Imprint: Vintage Espanol
Format: Trade Paperback
Pub Date: April 2005
Price: $12.95
Can. Price: $17.95
ISBN: 978-1-4000-3432-1 (1-4000-3432-9)
Pages: 240
Also available as an eBook.


EXCERPT

 
El Juego del Sauce Fui niña antes de que existiera el Sur. Eso fue antes de que existiera la magia del Oeste norteamericano, la atracción del Norte o la traición del Oeste. Para mí sólo había calle Arriba hacia la casa de los espías, junto a la casa del Viejo W., o calle Abajo, más allá del Árbol Divisorio en el lote baldío que era el atajo entre mundos. Abajo quedaba el pasadizo que conducía a la familia, a la definición de un yo pequeño como parte de un todo, como parte de un pasado. Arriba quedaba el camino al pueblo, a las flores. Mi hermana Mercy y yo solíamos recoger flores por el vecindario para ponerlas más tarde a los pies de Nuestra Señora, durante las largas procesiones de fe del mes de mayo que tanto nos gustaban. Colocábamos una tela de raso en el suelo. Nos acercábamos de una en una y le poníamos nuestras flores encima, presas de un fervor infantil que nos dejaba sin aliento, agudizado por el aroma desconcertante de las flores, la visión de las flores, las flores de nuestra ofrenda. Era esa sensación beatífica de asombro la que hacía que diéramos vueltas por el vecindario en busca de nuevas víctimas, ya que hacía mucho que habíamos arrasado con nuestro jardín, vacío de toda esperanza futura. En nuestro bloque había dos lugares con flores: la casa del Viejo W. y la casa de los Strong. El viejo W. era un griego que había trabajado para el municipio durante muchos años y que vivía con su hija, amiga de mi hermana mayor. El Sr. W. parecía estar siempre muy dispuesto a darnos flores; no eran tan lindas ni tan abundantes como las de los Strong, sin embargo era más fácil preguntarle al Viejo W. Los Strong, un equipo conformado de un hermano y una hermana que no hacían mucho honor a su nombre, ya que en inglés su apellido quiere decir "Los Fuertes", vivían juntos en la casa más grande y suntuosa del bloque, y mi hermana y yo nos referíamos a ellos en secreto como "los espías". Un escalofrío de terror nos sobrecogía al acercarnos a su mansión. Tocábamos el timbre y por lo general la hermana respondía a nuestra indagación temblorosa con un "¿Sí?", dicho con un ceceo despiadado. Era una mujer alta, pálida, peinada con un halo de trenza blanca y rala, y se plantaba posesivamente a la puerta, mostrando sus piernitas de niña que calzaban zapatos negros de agujetas. Siempre me tocaba hacer la petición. Años después, cuando la calle se volvió más pequeña, menos ajena, y los espías ya eran, al menos, aceptados, yo seguía siendo la que pedía, la que suplicaba que nos dieran flores para Nuestra Señora, la que escuchaba las voces agudas y aflautadas de los niños cantando en éxtasis: "Oh, María madre mía, oh, consuelo del mortal, amparadme y llevadme, a la patria celestial". Ese refrán flotaba más allá de los altos muros blancos de la iglesia, al otro lado de la acequia de Main Street y hacia arriba por nuestra angosta calle. Siempre hubo calle Arriba y calle Abajo. Uno siempre iba calle Abajo. Abajo consistía de todas las casas que se encontraban más allá de mi posición estratégica a medio camino, e incluía la casa de enfrente, donde vivía una pareja, los Carter, y sus tres hijos pequeños, a quienes más tarde tuve a mi cargo como niñera, niños cuyos nombres he olvidado. Fue en esa casa donde un día quemaron una toalla sanitaria usada a modo de ritual: una advertencia para aquellos que depositan desperdicios de forma despreocupada y al azar, o al menos eso se podía descifrar de la mirada del Sr. Carter mientras removía con un rastrillo el objeto desagradable entre un montón de hojas y le prendía fuego con un gesto dramático. Me asomé desde la trinidad de ventanas talladas en nuestra puerta de madera principal y me pregunté a qué se debía tanta conmoción y por qué todo el mundo parecía tan estoicamente distante, ofendido o avergonzado. Más tarde, mientras cuidaba a los niños de los Carter, solía mirar tristemente por su ventana ciclópea y me preguntaba por qué estaba allí y no allá enfrente. En mi imaginación flotaba hacia Abajo, más allá del Árbol Divisorio con su fruto verde sin semillas. Este árbol era un Naranjillo. Su fruto carecía de utilidad, no servía para nada más que para aventarlo o patearlo. Más allá del árbol había cinco o seis casas, casas de gente extraña, "los desconocidos", los llamaba mi abuela: "Y pos, ¿quién los parió?" Desde la ventana de los Carter me imaginaba que veía nuestra casa tal como era, el brillo de la luz del porche, los diseños pálidos de las azucenas como una diadema que coronaba la casa de noche. La caminata del principio al final de la calle no tomaba más de cinco o diez minutos, dependiendo del paso o del propósito de quien caminaba. La caminata era corta si le llevaba un recado a mi tía o iba al encuentro de papá, quien recientemente se había divorciado de nosotros y ahora nos llamaba de vez en cuando para permitir que lo atendiéramos. El paso bien podía ser aquel paseo lento, sin prisas, de verano, con un helado en la mano, o ese correteo de primavera rodeado de remolinos de polvo. Nuestra casa estaba situada a la mitad del bloque y daba a un triángulo de árboles que se convirtieron en tela de fondo y eje central de la historia de esta niña. El árbol más lejano, el Árbol de Arriba, era un Árbol de Chabacano que pertenecía a todos los niños de la vecindad. El Árbol de Chabacano estaba en un lote baldío cerca de la casa de mi prima Florencia, a quien siempre se le metía el jabón en las narices. Siempre había sido una de las niñas más populares de la escuela y, aunque la adoraba, prefería tener mi nariz y no la suya. Nuestras mamás se turnaban para llevarnos en carro a nuestra pequeña escuela católica, junto con un vecino a quien mi papá había apodado Priscila porque siempre se juntaba con las niñas. Al entrar en la casa de Florencia, en los días en que a su mamá le tocaba llevarnos, invariablemente la encontraba agachada sobre la taza del excusado, estornudando. Gritaba, medio moqueando, medio resoplando, "¡Me entró jabón en las narices!" La cuestión de si el Árbol de Chabacano realmente le pertenecía a Florencia no nos quedaba clara: el árbol era de la comunidad y como tal nos era tan familiar como nuestras caras o las de nuestras familias. Su fruto, con frecuencia abundante, otras veces escaso, era del dominio público. Las ramas del árbol se extendían de forma exuberante sobre una acequia cuyas tranquilas y lodosas aguas fluían desde el Río Grande hasta nuestra pequeña calle, desde donde eran desviadas por medio de canales que iban a dar a los jardines traseros de todas las casas de la vecindad. El agua fértil depositaba las futuras semillas de espárragos, malas hierbas y flores silvestres, que luego se asentaban y formaban capas cubiertas de matas, atravesadas por varas y piedras: vestigios jeroglíficos de turbios orígenes. Al igual que el árbol, los niños extraíamos agradecidos un poderoso sustento de la penetrante humedad de la acequia. El árbol resplandecía con sus ofrendas -había chabacanos y otras cosas- compartimentos macizos, cámaras y túneles de ensueño, escenarios de nuestros dramas. "¡Me ahogo! ¡Me ahogo!", gritábamos mientras nos colgábamos de las ramas y éramos rescatados a última hora por una mano amiga. "¡Este es el barco y yo soy el capitán!", nos regocijábamos después de trascender muertes fingidas. Pasábamos mucho tiempo en el árbol, a solas o acompañados. Todos nosotros, Priscila, "Jabón-en-las-narices", los dos niños morenos calle Arriba, mi hermana menor y yo, todos amábamos ese árbol. Con frecuencia nos escabullíamos de unos de esos días sin tareas, sin amarras y con un "¡Oh!" agudo y sorprendido saludábamos la soledad de cada quien, allí, en ese árbol que nos estrechaba a todos.





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