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Cuándo mueren los muertos? Cuando uno los olvida. ¿Cuándo desaparece una ciudad? Cuando no existe más en la memoria de los que la habitaron. ¿Cuándo se deja de amar? Cuando uno empieza a amar nuevamente. De eso no hay duda.
Ésa fue la razón por la que Hernán Cortés decidió construir una nueva ciudad sobre las ruinas de la antigua Tenochtitlán. El tiempo que le llevó tomar la medida fue el mismo que le lleva a una espada empuñada con firmeza atravesar la piel del pecho y llegar al centro del corazón: un segundo. Pero en tiempo de batalla, un segundo significa esquivar una espada o ser alcanzado por ella.
Durante la conquista de México sobrevivieron sólo aquellos que pudieron reaccionar al instante, los que tuvieron tal miedo a la muerte que pusieron todos sus reflejos, todos sus instintos, todos sus sentidos al servicio del temor. El miedo se convirtió en el centro de comando de sus actos. Instalado justo atrás del ombligo, recibía antes que el cerebro todas las sensaciones percibidas por medio del olfato, la vista, el tacto, el oído, el gusto. Ahí eran procesadas en milésimas de segundo y ya se enviaban al cerebro con una orden específica de acción. Todo el acto no iba más allá del segundo imprescindible para sobrevivir. Con la misma rapidez con que los cuerpos de los conquistadores aprendieron a reaccionar, fueron desarrollando nuevos sentidos. Podían presentir un ataque por la espalda, oler la sangre antes de que apareciera, escuchar una traición antes que nadie pronunciara la primera palabra y, sobre todo, podían ver el futuro como la mejor pitonisa. Por eso, el día en que Cortés vio a un indio tocando el caracol frente a los restos de una antigua pirámide, supo que no podía dejar la ciudad en ruinas. Habría sido como dejar un monumento a la grandeza de los aztecas. La añoranza invitaría tarde o temprano a los indios a intentar organizarse para recuperar su ciudad. No había tiempo que perder. Tenía que borrar de la memoria de los aztecas la gran Tenochtitlán. Tenía que construir una nueva ciudad antes de que fuera demasiado tarde. Con lo que no contó fue con que las piedras contienen una verdad más allá de lo que la vista alcanza a percibir. Poseen una energía propia, que no se ve, sólo se siente. Una energía que no se puede encerrar dentro de una casa o una iglesia. Ninguno de los nuevos sentidos que Cortés había adquirido estaba lo suficientemente afinado como para que pudiera percibirla. Era una energía demasiado sutil. Su presencia invisible le daba total libertad de acción y le permitía circular silenciosamente en lo alto de las pirámides sin que nadie se diera cuenta. Algunos conocieron sus efectos, pero no supieron a qué atribuirlos. El caso más grave fue el de Rodrigo Díaz, valiente capitán de Cortés. Él nunca se imaginó las tremendas consecuencias que tendría su frecuente contacto con las piedras de las pirámides que él y sus compañeros derrumbaban. Es más, si alguien le hubiera advertido que esas piedras tenían el poder suficiente como para cambiarle la vida, nunca lo habría creído. Sus creencias nunca fueron más allá de lo que sus manos alcanzaban a tocar. Cuando le dijeron que había una pirámide sobre la que los indios acostumbraban celebrar ceremonias paganas a una supuesta diosa del amor, se rió. No creyó ni por un momento que pudiera existir tal diosa. Mucho menos que la pirámide sirviera para algo. Todos coincidieron con él y decidieron que ni siquiera valía la pena erigir una iglesia en su lugar. Sin pensarlo mucho, Cortés decidió darle a Rodrigo el terreno donde se encontraba dicha pirámide para que construyera sobre ella su casa.
Rodrigo estaba de lo más feliz. Se había hecho merecedor a ese terreno gracias a sus logros en el campo de batalla y a la fiereza con que había cortado brazos, narices, orejas y cráneos. De su propia mano habían muerto aproximadamente doscientos indios y el premio no se había hecho esperar: mil metros de tierra al lado de uno de los cuatro canales que atravesaban la ciudad, mismo que con el tiempo se convertiría en la calzada de Tacuba. La ambición de Rodrigo lo había hecho soñar con edificar su casa sobre un terreno más grande y de ser posible sobre los restos del templo mayor, pero se tuvo que conformar con ese humilde lote, pues en el otro pensaban edificar la Catedral. Además, para compensarlo de no estar dentro del círculo selecto de casas que los capitanes construyeron en el centro de la ciudad y que darían fe del nacimiento de la Nueva España, le dieron en encomienda cincuenta indios, entre los cuales iba Citlali.
Citlali era una indígena descendiente de una familia de nobles de Tenochtitlán. Desde niña había recibido una educación privilegiada y, por lo tanto, su andar, en lugar de reflejar sumisión, era orgulloso, altanero, incluso retador. El sandungueo de sus anchas caderas, cargaba el ambiente de sensualidad. Su meneo esparcía olas de aire por todos lados. El desplazamiento de energía era muy parecido al de las ondas que se generan en un lago apacible cuando de improviso cae una piedra en su superficie.
Rodrigo presintió la llegada de Citlali a cien metros de distancia. Por algo hab’a sobrevivido a la conquista: por la poderosa capacidad que ten’a de percibir movimientos fuera de lo normal. Suspendió su actividad y trató de ubicar el peligro. Desde lo alto donde se encontraba dominaba toda acci—n a su alrededor. De inmediato ubicó la columna de indios en camino a su terreno. Al frente de todos venía Citlali. Rodrigo enseguida supo que el movimiento que tanto lo alteraba proven’a de sus caderas. Y se sintió completamente desarmado. No supo cómo enfrentar el desafío y cayó presa del conjuro de esas caderas. Todo eso pasaba mientras sus manos estaban concentradas en quitar la piedra que formaba la cúspide de la Pirámide del Amor. Antes de que lo lograra, dio tiempo a que la poderosa energía que emanaba de la pirámide empezara a circular por sus venas. Fue una descarga tremenda, fue un relámpago encandilante que lo deslumbró y le hizo ver a Citlali ya no como la simple india que era, sino como la misma Diosa del amor.


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