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  • Nieve en La Habana
  • Written by Carlos Eire
    Translated by José Badué
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9781400079704
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 (Spanish)
Nieve en La Habana

Confesiones de un cubanito

Written by Carlos EireAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by Carlos Eire
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Nieve en La Habana Cover

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Synopsis|Excerpt

Synopsis

“Ten piedad de mí, Señor, cubano soy”. En 1962, Carlos Eire fue uno de los 14.841 niños que fueron transportados fuera de Cuba en el puente a?reo conocido como la Operación Pedro Pan—exiliado de su familia, de su patria y de su propia niñez por la Revolución. Los recuerdos de su vida en La Habana cobran vida en estas memorias evocativas e inolvidables.

Nieve en La Habana es a su vez un exorcismo y una oda a un mundo perdido. La Cuba de la niñez de Carlos, con sus lagartijas y su mar azul turquesa bañado por un sol esplendoroso, se convierte en una isla maldita con la llegada al poder de un guerrillero llamado Fidel Castro. De pronto la música callejera se transforma en tiroteos, las pascuas navideñas quedan prohibidas, la disidencia conlleva encarcelamiento y casi todos los amigos de Carlos deben irse de Cuba rumbo a un lugar tan lejano e inconcebible como los Estados Unidos. Carlos también terminará en ese mismo exilio, y cumplirá el deseo de su madre de convertirse en un hombre americano moderno —aun si su alma permanece en el país que lo vio nacer.

Narrado con la urgencia de una confesión, Nieve en La Habana es un elogio a una patria arruinada y un amoroso testimonio del espíritu colectivo de todos los cubanos, dondequiera que estén.

Excerpt

1

One

El mundo cambió mientras dormía, y para mi gran asombro, nadie me pidió el permiso. Siempre sería así a partir de aquel día. Jamás había sido de otra forma, claro está, pero no lo había notado hasta aquella mañana. Una sorpresa tras otra: algunas buenas, otras malas, la mayoría ni buenas ni malas. Y siempre sin mi consentimiento.

Acababa de cumplir los ochos años y me pasaba las horas soñando con las tonterías con que suelen soñar todos los niños. Mi padre, que guardaba un vivo recuerdo de su previa encarnación como Luis XVI, rey de Francia, tal vez soñaba con bailes de disfraces, la turba amotinada y guillotinas. Mi madre, sin embargo, no recordaba haber sido María Antonieta y no podía compartir en nada de aquello. Quizá soñó en vez con flores exóticas y finas sedas. O con ángeles, como siempre me pedía que hiciera antes de dormir: “Que sueñes con los angelitos”. Que por ser ángeles pequeños, eran demasiado hermosos para ser ángeles caídos.

Los demonios jamás pueden ser hermosos.

Como siempre, el sol tropical entraba acuchillando las persianas, colándose en estrechos rayos que iluminaban mi cama y revelaban el polvo arremolinándose en ellos como galaxias en la infinitud de un cosmos que yo contemplaba extasiado. No recuerdo cuándo dejé mi cama, pero sí me veo entrando al dormitorio de mis padres, con las persianas abiertas y todo bañado de luz. Como siempre, mi padre se estaba poniendo los pantalones por encima de los zapatos. Se ponía primero los calcetines, se calzaba los zapatos y vestía luego los pantalones con los zapatos ya puestos. Pasé años tratando de imitar aquella hazaña, siempre sin resultado alguno: los bajos de los pantalones se me trababan en los zapatos, y mientras más los jalaba para pasarlos, menos se movían. En más de una ocasión, solté unas cuantas malas palabras, arriesgándome a la condena eterna del infierno. No sabía que si los pantalones son suficientemente anchos, pueden ser pasados por encima de cualquier cosa, hasta por encima de esquíes de nieve. Pero entonces sólo se me ocurría pensar que mi padre era inimitable.

Luis XVI me dio la noticia mientras deslizaba los pantalones por encima de sus zapatos sin esfuerzo aparente.

—Se cayó Batista. Huyó por la madrugada en un avión. Al parecer ganaron los rebeldes.

—Mentira —dije.

—No, es verdad. Te lo juro —contestó.

María Antonieta, mi madre, sentada enfrente de su tocador, me confirmó la noticia sin dejar de pintarse los labios. Aquel era un mueble precioso de caoba con tres lunas: una central, y una a cada lado, articuladas con bisagras de manera que podían ser movidas a voluntad. Yo acostumbraba a moverlas hasta dejarlas frente a frente para crear reflejos infinitos. De vez en cuando, me zambullía en esa infinidad.

—Mejor quédate hoy en casa —dijo mi madre—. Dios sabe qué pueda pasar. Ni se te ocurra asomar la cabeza por la puerta.

¿Quizá ella también, después de todo, veía guillotinas en sus sueños? ¿O quizá tan sólo eran los sensatos consejos de cualquier madre preocupada? O bien sabía que cuando las revoluciones triunfan, las cabezas de la élite suelen peligrar por las calles, aun las de los más pequeños.

Era el 1 de enero de 1959.

La noche anterior habíamos ido a una boda en una iglesia en el corazón de La Habana Vieja. De regreso a casa, éramos los únicos en la calle. Ni un automóvil a la vista, ni un alma en toda la avenida marítima conocida como el Malecón. Ni tan siquiera una prostituta solitaria. A Luis XVI y a María Antonieta les preocupó visiblemente aquello, lo muy vacía que se veía la capital, demasiada tranquila para una Víspera de Año Nuevo.

No recuerdo lo que mi hermano mayor Tony hacía esa mañana, ni lo que hizo durante el resto del día. Posiblemente envolvía lagartijas con alambritos de cobre que conectaba al transformador de nuestro juego de trenes Lionel. Le encantaba electrocutarlas, le fascinaba hacerlo, al tiempo que les gritaba: “¡Electrochoque! ¡Ja! ¡Para que pierdan sus delirios de grandeza, para que sepan quiénes son!” No quiero ni imaginar qué estaría haciendo Ernesto, mi hermanastro. Seguro algo aún más monstruoso que lo que Tony les hacía a las lagartijas.

Tanto mi hermano mayor como mi hermanastro habían sido príncipes borbónicos en sus vidas anteriores. Mi hermanastro había sido el Delfín, el heredero del trono. Un día mi padre lo reconoció en la calle, vendiendo billetes de la lotería, e inmediatamente se lo llevó para nuestra casa. Mi suerte, sin embargo, había sido peor que la de un segundón: era el único de la familia sin un pasado Borbón. Mi padre rehusaba decirme quién había sido en mi otra vida.

—No estás listo para conocer tu pasado —me decía—. Pero te aseguro que fuiste alguien muy especial.

Lucía, la hermana de mi padre que vivía con nosotros, pasó ese día como el ser invisible que siempre fue. También ella había sido una princesa borbónica. Pero ahora, en esta vida, era una simple solterona, una dama acostumbrada a una vida ociosa con tiempo de sobra y pocas amistades. Tanto la habían protegido de la corrupta cultura imperante en Cuba y de los piropos de los jóvenes que alardeaban de dicha cultura, que quedó atrapada, varada en la isla solitaria que era nuestra casa: la isla menor dentro de la isla mayor en que nos refugiábamos del mal gusto y de indecencias tales como bailar la conga al compás de los tambores. Había vivido siempre junto a su madre y una tía soltera, quien, como ella, se había mantenido virgen sin tomar los votos. Al morir ambas, se mudó a un cuarto al fondo de nuestra casa del cual nunca salía. Si alguna vez le atravesó algún deseo, fue algo que jamás notamos. Creo que nunca sintió nada. Ni la recuerdo diciendo nada el día de la caída de Batista y del triunfo de Fidel y sus rebeldes, aunque sí recuerdo perfectamente lo que dijo días más tarde: que a esos tipos bajados de la Sierra Maestra no les vendría mal pelarse y afeitarse.

Como siempre, nuestra sirvienta trabajó ese día. Se llamaba Inocencia y era de piel oscura, del color de las berenjenas. Inocencia cocinaba, limpiaba la casa y lavaba la ropa. Siempre estaba en casa; parecía no tener familia propia. Vivía en un pequeño cuarto al fondo de la casa, con su propio baño que a veces yo usaba cuando jugaba en el traspatio.

En cierta ocasión, mucho antes de aquella mañana en que el mundo cambió, abrí la puerta de aquel baño y me la encontré desnuda en la ducha. Todavía recuerdo el grito que lanzó y el susto que me llevé. Quedé asombrado y aturdido a mis cuatro años de edad, mis ojos clavados en sus gigantescos senos africanos. Días más tarde, de visita en compañía de mi madre en la Plaza de Marianao, señalé un estante lleno de berenjenas y grité:

—¡Tetas de negra!

María Antonieta tapó mi boca y me sacó de ahí a toda prisa entre las risas y las bromas obscenas de los vendedores. No entendí la reacción de mi madre y mucho menos las de aquellas personas del mercado. ¿No era cierto lo que dije? Aquellas berenjenas eran idénticas a los senos de Inocencia, con sus au- reolas y pezones. La única diferencia era que en ella eran negras como el carbón, y las de las berenjenas, verdes. Años más tarde, al intentar hallar indicios de la presencia de Dios, entendí que aquella similitud había sido la primera prueba concluyente que tuve de la existencia divina. Las berenjenas quedarían como un recuerdo constante de nuestra desnudez y nuestra vergüenza.

Inocencia se fue a los pocos meses después de ese primero de enero. En su lugar entró Caridad, una mujer flaca, ladrona, llena de odio, a quien mis padres terminaron despidiendo por lo mucho que robaba. Adoraba a Fidel y se pasaba el día escuchándolo en la cocina, aquellos discursos que interrumpían los mambos y chachachás de la programación radial, la única música cubana que escuché en casa. Mi padre, el otrora Luis XVI, sólo permitía que se escuchara música clásica en la parte principal de la casa. Recordaba haber conocido alguno de aquellos compositores cuya música le gustaba escuchar, y añoraba aquellos conciertos en Versalles. En casa, la música cubana estaba restringida a la cocina y al cuarto de la criada.

A Caridad le encantaba molestarme cuando mis padres no estaban en casa. “Pronto lo van a perder todo”, me decía. “Pronto los veré barriendo el piso de mi casa”. “Pronto te veré en tu elegante club de la playa sacando los latones de basura, mientras yo nado en la piscina”. Y con una sonrisita de bruja, me amenazaba de que me haría daño si le decía algo a mis padres.

“Sé mucho de brujería, Changó me oye. Le pongo mucho aguardiente y tabaco bueno. Te voy a echar una brujería a ti y a toda tu familia. Changó y yo les vamos a zumbar un montón de maldiciones”.

Mi padre ya me había advertido de los poderes maléficos de Changó y los dioses africanos, contándome de hombres que habían muerto en plena juventud, de señoras que se habían enamorado locamente de sus jardineros y de niños desfigurados sin remedio, por lo que no me atreví jamás a abrir la boca. Aun así, creo que de todas formas nos hizo una “brujería” por no permitirle seguir robando y burlándose de nosotros hasta que llegara el momento, “muy pronto”, cuando al fin se adueñaría de la casa. Sus demonios nos cayeron encima con la misma rapidez que los rebeldes cayeron sobre la Isla aquel día.

Como siempre, las lagartijas no notaron lo sucedido. A pesar de lo que Tony, mi hermano, les gritaba al electrocutarlas, no creo que se hacían ideas, ni se veían a sí mismas como importantes. Sabían de sobra quiénes eran. Nada cambió para ellas aquel día, nada jamás cambiaría. El mundo les pertenecía en su totalidad desde siempre, libre de vicios y virtudes. Trepaban por las paredes de la terraza, corrían por sobre las brillantes baldosas con filigrana del piso. Reposaban en las ramas de los árboles, tomaban el sol encima de las piedras. Colga- ban de los techos a esperar alguna mosca que les sirviera de merienda. Nunca se enamoraban, ni pecaban, ni corrían peligro de que se les rompiera el corazón. Desconocían toda traición, toda humillación. No necesitaban las revoluciones, ni tampoco soñaban con guillotinas. No le temían a la muerte ni a ser torturadas por niños. Los maleficios no las mortificaban, ni tampoco les preocupaba la existencia de Dios, ni la desnudez. Sus patas se asemejaban mucho a nuestros brazos y piernas, de la misma forma que las berenjenas parecen senos de mujer. Las lagartijas eran espantosas, de eso no cabe duda, o por lo menos así me parecía en aquel entonces. Me hacían dudar de la bondad del Creador.

Nunca besaré una lagartija, pensaba yo. Jamás.

Quizá las envidiaba. Su lugar en la tierra parecía más seguro que el nuestro. Nosotros perderíamos nuestro lugar, nuestro mundo. Allá siguen ellas, sin embargo, echadas al sol. Como lo han hecho siempre. Viendo pasar los días.
Carlos Eire

About Carlos Eire

Carlos Eire - Nieve en La Habana
Carlos Mario Nieto Eire nació en 1950 en La Habana, Cuba, y abandonó su patria a los once años como uno de los 14.000 menores de edad que salieron sin acompañantes de Cuba por el puente aéreo que ahora se conoce como la Operación Pedro Pan. Luego de haber vivido en varias casas de acogida en los estados de Florida e Illinois, él y su hermano Tony fueron reunidos con su madre en Chicago en 1965. Su padre se quedó en Cuba y murió en 1976, separado de su familia. En 1979 el autor recibió su doctorado de la Universidad de Yale y comenzó su carrera de profesor, primero en la Universidad de Saint John’s de Minnesota por dos años y después en la Universidad de Virginia por quince. Durante ese tiempo también pasó un año en Madrid gracias a una beca Fulbright, y dos años en el Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Princeton. En 1996 regresó a la Universidad de Yale, donde actualmente ocupa la cátedra T. Lawrason Riggs de Historia y Religión. Reside en Guilford, Connecticut con su esposa Jane, sus dos hijos, John-Carlos y Bruno, y su hija Grace. Este es su primer libro sin notas a pie de página, y la edición en inglés fue galardonada con el Premio Nacional del Libro (National Book Award) para no ficción en 2003.
Praise

Praise

“Una visión nostálgica de un mundo perdido”.
The Miami Herald

“La expresión literaria mejor lograda sobre el exilio presentada hasta la fecha. La evocación que Eire hace de su niñez es lo más conmovedor y duradero de este libro, gracias a su extraordinaria habilidad literaria”.
Los Angeles Times

“Rebosante de detalles e imágenes maravillosas, y lleno de personajes tan bien desarrollados que parecen estar sentados a tu lado en el sofá”.
The Washington Post

“Eire está dotado de lo que puede llamarse “precisión lírica”, la facilidad de atrapar la vivencia de un momento específico a través de sus detalles sensuales... Una biografía tan llena de energía como de estilo”.
The Boston Globe

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