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  • El testamento Maya
  • Written by Steve Alten
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9780307475794
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  • El testamento Maya
  • Written by Steve Alten
  • Format: eBook | ISBN: 9780307832399
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 (Spanish)
El testamento Maya

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Written by Steve AltenAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by Steve Alten

eBook

List Price: $11.99

eBook

On Sale: November 21, 2012
Pages: 592 | ISBN: 978-0-307-83239-9
Published by : Vintage Espanol Knopf
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Synopsis|Excerpt

Synopsis

21 de diciembre 2012. El día en que termina el calendario maya.
 
A lo largo de los siglos, los científicos han creído que este dato era simplemente una curiosidad histórica. Después de muchos años de investigaciones, el conocido arqueólogo Julius Gabriel descubre la verdad acerca del calendario maya, una verdad tan antigua como poderosa que podría revelar el fatídico destino de la humanidad. Cada monumento de la antigüedad —desde Stonehenge a las pirámides de Egipto, desde el templo de Angkor Wat a a las inmemoriales ruinas mayas— guarda secretos y pistas sobre los orígenes de la civilización y el destino último de la humanidad. Apunto de descubrir el misterio, una conspiración que se remonta a 65 millones de años y que ha alterado el tejido mismo de la civilización intentará impedirlo. Cuando el calendario maya termine, ¿será también el fin del mundo?

Excerpt

Capítulo 1

8 de septiembre de 2012
MIAMI, FLORIDA


El Centro de Evaluación y Tratamiento del Sur de Florida es un edificio de siete plantas de hormigón blanco ribeteado de plantas perennes, ubicado en un destartalado barrio étnico del oeste de Miami. Al igual que la mayoría de los establecimientos de esa área, tiene los aleros de los tejados protegidos por una ristra de bobinas de alambre de espino. A diferencia de otros edificios, dicho alambre de espino no tiene como fin impedir la entrada al público, sino evitar que salgan sus residentes.

Dominique Vázquez, de treinta y un años, sortea el tráfico de la hora punta lanzando maldiciones en voz alta mientras circula a toda velocidad en dirección sur por la autovía 441. Es el primer día de su período de interinidad, y ya va a llegar tarde. Esquiva de un volantazo a un adolescente que viene patinando en sentido contrario, entra en el aparcamiento de visitas, aparca, y a continuación se encamina a toda prisa hacia la entrada al tiempo que se retuerce el cabello, negro azabache y largo hasta la cintura, en un apretado moño.

Las puertas magnéticas se abren para permitirle el acceso a un vestíbulo provisto de aire acondicionado.

Detrás del mostrador de información se encuentra una mujer hispana de cuarenta y muchos años, leyendo las noticias matutinas en una pantalla de ordenador delgada como una oblea y del tamaño de una libreta. Sin levantar la vista, le pregunta:

—¿En qué puedo servirla?

—Tengo una cita con Margaret Reinike.

—Hoy, no. La doctora Reinike ya no trabaja aquí.

—La mujer toca suavemente el botón de bajar página para pasar a otro artículo.

—No lo entiendo. Hablé con la doctora Reinike hace dos semanas.

La recepcionista levanta por fin los ojos.

—¿Y usted es...?

—Vázquez. Dominique Vázquez. Vengo para empezar una interinidad de posgrado de un año de la FSU. Se supone que la doctora Reinike es mi patrocinadora.

Observa cómo la recepcionista toma el teléfono y pulsa una extensión.

—Doctor Foletta, tengo a una joven de nombre Domino Vas...

—Vázquez. Dominique Vázquez.

—Perdone. Dominique Vázquez. No, señor, está aquí, en la recepción. Dice que es interna de la doctora Reinike. Sí, señor.

—La recepcionista cuelga—. Puede sentarse ahí. Dentro de unos minutos bajará el doctor Foletta a hablar con usted.

—A continuación gira en su silla dando la espalda a Dominique y regresa a su pantalla de ordenador.

Transcurren diez minutos antes de que aparezca por el pasillo un hombre corpulento, de cincuenta y tantos años.

A juzgar por su pinta, Anthony Foletta debería estar en un campo de fútbol americano, entre los jugadores de la línea de defensa, no caminando por los pasillos de una institución del Estado que alberga a los delincuentes psicóticos. Luce una espesa melena de color gris que le cae de una cabeza enorme, como encajada directamente sobre los hombros. Sus ojos azules relucen entre unos párpados soñolientos y unos carrillos carnosos. Aunque tiene sobrepeso, la parte superior de su cuerpo es firme, y el estómago le sobresale ligeramente de la blanca bata de laboratorio.

Una sonrisa forzada, y después una mano tendida.

—Anthony Foletta, nuevo jefe de psiquiatría.

Posee una voz profunda y granulada, como una cortadora de césped vieja.

—¿Qué le ha ocurrido a la doctora Reinike?

—Motivos personales. Corre el rumor de que a su marido le han diagnosticado un cáncer terminal. Supongo que habrá decidido tomarse la jubilación anticipada. Reinike me dijo que usted iba a venir. A menos que tenga alguna objeción, voy a ser yo el que supervise su interinidad.

—No tengo ninguna objeción.

—Bien.

A continuación da media vuelta y echa a andar por donde ha venido. Dominique tiene que apresurarse para seguirle el paso.

—Doctor Foletta, ¿cuánto tiempo lleva usted aquí?

—Diez días. Un traslado del centro de Massachusetts aquí. —Se acercan a un guardia de seguridad del primer punto de control—. Entréguele al guardia su permiso de conducir.

Dominique rebusca en su bolso y entrega al guardia la tarjeta plastificada, la cual le es canjeada por la identificación de visitante.

—De momento utilice ésta —dice Foletta—. Devuélvala al final del día, cuando se vaya. Antes de que termine la semana le tendremos preparada una identificación interna codificada. Dominique se sujeta la tarjeta a la blusa y sigue al doctor camino del ascensor.

Foletta le enseña tres dedos a una cámara situada encima de su cabeza. Las puertas se cierran.

—¿Ha estado aquí alguna vez? ¿Conoce la distribución del edificio?

—No. He hablado con la doctora Reinike sólo por teléfono.

—Hay siete plantas. En la primera se encuentran la administración y seguridad central. La estación principal controla tanto los ascensores del personal como los de los residentes. En el Nivel 2 hay una pequeña unidad médica para los ancianos y los enfermos terminales. El Nivel 3 es donde encontrará la zona de comedor y las salas de descanso. Por él se accede también al entresuelo, al jardín y a las salas de terapia. Los Niveles 4, 5, 6 y 7 corresponden a los residentes. —Foletta deja escapar una risita—. El doctor Blackwell prefiere llamarlos «clientes». Un eufemismo interesante, ¿no le parece?, teniendo en cuenta que los traemos aquí esposados.

Salen del ascensor y atraviesan un puesto de seguridad idéntico al de la primera planta. Foletta le hace una seña con la mano y toma por un breve pasillo que conduce a su despacho. Por todas partes hay cajas de cartón apiladas, repletas de expedientes, diplomas enmarcados y objetos personales.

—Disculpe el desorden, todavía me estoy situando. —Foletta levanta una impresora de ordenador de una silla y le indica a Dominique que tome asiento. A continuación se sienta él mismo tras su mesa, con un gesto de incomodidad, y se reclina contra el sillón de cuero con el fin de dejar espacio para su vientre.

Abre el expediente de Dominique.

—Mmm. Veo que está terminando su doctorado en Florida. ¿Acude a muchos partidos de fútbol?

—La verdad es que no. —Aprovecha esa entrada—. Usted da la impresión de haber jugado al fútbol.

Es una buena frase, y consigue que a Foletta se le ilumine su rostro de querubín.

—Jugué en los Fighting Blue Hens de Delaware, en la clase del 79. Empecé jugando como placaje frontal. Habría formado parte de la selección de segunda de la NFL si no me hubiera partido la rodilla contra Lehigh.

—¿Y qué lo empujó a meterse en la psiquiatría forense?

—Tenía un hermano mayor que sufría una obsesión patológica. Siempre estaba teniendo problemas con la ley. Su psiquiatra era antiguo alumno de Delaware y un gran seguidor del fútbol. Solía llevarlo a los vestuarios después de los partidos. Cuando yo me lesioné la rodilla, tiró de unos cuantos hilos para que me metieran en la facultad de posgrado. —Foletta se inclina hacia delante, poniendo el expediente de Dominique sobre la mesa—. Hablemos de usted. Siento curiosidad. Existen otros centros que están más cerca de la FSU que el nuestro. ¿Por qué ha elegido éste?

Dominique se aclara la garganta.

—Mis padres viven en Sanibel, que está a un par de horas en coche de Miami. Por lo general, no puedo ir mucho por casa.

Foletta pasa el dedo índice por el expediente de Dominique.

—Aquí dice que usted es de Guatemala.

—Así es.

—¿Y cómo terminó en Florida?

—Mis padres, mis padres auténticos, murieron cuando yo tenía seis años. Me enviaron a vivir con un primo en Tampa.

—Pero ¿eso no duró mucho?

—¿Tiene importancia?

Foletta levanta la vista. Sus ojos ya no están soñolientos.

—No me gustan demasiado las sorpresas, interna Vázquez. Antes de asignar residentes, me gusta conocer la psicología de mi propio personal. La mayoría de los residentes no nos causan demasiados problemas, pero es importante recordar que seguimos tratando con personas violentas. Para mí, la seguridad es una prioridad. ¿Qué sucedió en Tampa? ¿Cómo es que terminó yendo a vivir con una familia adoptiva?

—Baste decir que las cosas no salieron bien con mi primo.

—¿La violó?

Dominique se queda desconcertada por esa actitud tan directa.
Steve Alten

About Steve Alten

Steve Alten - El testamento Maya
Steve Alten es natural de Filadelfia y licenciado por Penn State University. Autor de varios bestsellers del New York Times, vive con su familia en Boca Ratón, Florida, mientras escribe la tercera parte de la “Trilogía maya”.
Praise

Praise

“Este thriller bien documentado apasionará a los fans de Lincoln Child y Douglas Preston. El testamento maya es una apasionante carrera para salvar a la humanidad, e incluye una gran dosis de acción, romance y suspense.” —Library Journal

  • El testamento Maya by Steve Alten
  • February 09, 2010
  • Fiction - Thrillers; Fiction - Occult
  • Vintage Espanol
  • $16.00
  • 9780307475794

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