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  • Written by Phil Stutz and Barry Michels
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 (Spanish)
El método

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Las herramientas para transformar tu vida

Written by Phil StutzAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by Phil Stutz and Barry MichelsAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by Barry Michels

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List Price: $9.99

eBook

On Sale: November 21, 2012
Pages: 272 | ISBN: 978-0-307-83268-9
Published by : Vintage Espanol Knopf
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Synopsis|Excerpt|Table of Contents

Synopsis

Miedo, angustia, celos… Tus problemas no son insuperables.
Basta con disponer de los instrumentos adecuados y el método para saber utilizarlos.
 
A través de cinco dinámicas y prácticas herramientas, los terapeutas Phil Stutz y Barry Michels han creado un método que da el poder a las personas para ser los protagonistas activos de su propia transformación personal y convertir sus miedos y ansiedades en oportunidades.

A lo largo de este proceso de transformación personal los lectores encontrarán el coraje, adquirirán la disciplina, mejorarán la comunicación y desarrollarán su creatividad — y los obstáculos desaparecerán. Durante años Stutz y Michels han enseñado estas técnicas a sus pacientes, pero ahora con El método estas poderosas y revolucionarias herramientas están al alcance de todos los lectores que quieran descubrir el gran potencial que todos poseemos, ofreciendo soluciones rápidas y eficaces a los problemas que nos bloquean. La meta de los autores es tan sólo que tu vida sea excepcional: una vida definida por la resistencia a los obstáculos, la felicidad y un profundo conocimiento del espíritu humano.

Excerpt

1
Revelación de un nuevo camino
 
Roberta era una nueva paciente de psicoterapia que me hizo sentir totalmente ineficaz a los quince minutos de haberla conocido. Acudía a mí con un objetivo muy concreto: dejar de obsesionarse con que su novio la estaba engañando.
 
—Leo sus mensajes y le hago preguntas sin parar; a veces, hasta paso en coche por su casa para espiarle. Nunca descubro nada, pero no lo puedo evitar.
 
El problema, a mi juicio, tenía una explicación fácil: cuando Roberta era pequeña, su padre había abandonado a la familia de la noche a la mañana. Ahora, a medio camino entre los veinte y los treinta, seguía aterrada por el abandono. Sin embargo, antes de que pudiéramos profundizar, me miró a los ojos y me dijo:
 
—Dime cómo puedo dejar de obsesionarme. No me hagas perder tiempo y dinero con el porqué de mi inseguridad, que ya lo sé.
 
Si Roberta viniera hoy a verme, me encantaría que estuviera tan segura de sus objetivos, y sabría con exactitud cómo ayudarla; pero la conocí hace veinticinco años, en mis principios como psicoterapeuta, y el hecho de que fuera tan directa me sentó muy mal. No tenía respuesta.
 
Tampoco me lo reproché. Había dedicado dos años a devorar todas las teorías psicoterapéuticas habidas y por haber, pero cuanta más información digería, más insatisfecho me sentía. Las teorías se me antojaban muy distantes de la experiencia real de las personas que tenían problemas y necesitaban que las ayudasen. En lo más profundo de mi ser, no sentía que me hubieran enseñado a responder directamente a lo que pedían pacientes como Roberta.
 
Quizá, me dije, no pudiera aprenderse en ningún libro; tal vez solo lo enseñara la consulta directa, cara a cara, con alguien que hubiera estado en la brecha. Yo tenía una relación muy buena con dos de mis supervisores, que además de conocerme bien llevaban muchas décadas de experiencia clínica a sus espaldas. Sin duda tendrían una respuesta para aquel tipo de requerimientos.
 
Cuando les describí la petición de Roberta, su respuesta confirmó mis máximos temores: no solo no tenían solución que darme, sino que veían como parte del problema lo que a mí me parecía una solicitud muy razonable. Usaron muchos términos clínicos: Roberta era «impulsiva», «resistente», y «exigía gratificación inmediata». Me advirtieron que intentar satisfacer sus necesidades inmediatas la volvería aún más exigente.
 
Su consejo unánime fue hacerla retroceder hasta su infancia, donde hallaríamos la causa primigenia de su obsesión. Yo les dije que Roberta ya sabía por qué se obsesionaba. La respuesta de mis supervisores fue que el abandono de su padre no podía ser el auténtico motivo.
 
—Tienes que profundizar todavía más en su infancia.
 
Me harté de tantas evasivas. Ya me sabía la cantinela: cada vez que un paciente hacía una petición directa, el terapeuta se la rebotaba, diciéndole que «profundizase». Escondían la verdad como trileros, pero a la hora de prestar una ayuda inmediata, tenían muy poco que ofrecer. Me llevé una decepción, y algo más: la desoladora impresión de que hablaban en nombre de toda la profesión. Yo, en todo caso, nunca había oído decir nada distinto. No sabía a quién recurrir.
 
Entonces tuve un golpe de suerte: un amigo me dijo que había conocido a un psiquiatra que sentía el mismo rechazo hacia el sistema que yo.
 
—Este sí que contesta a las preguntas, y te aseguro que lo que contesta no lo habrás oído nunca.
 
El psiquiatra en cuestión estaba impartiendo una serie de seminarios, a uno de los cuales decidí asistir. Fue cuando conocí al doctor Phil Stutz, coautor de este libro.
 
Aquel seminario cambió mi forma de trabajar… y mi vida.
 
La manera de pensar de Phil me pareció completamente nueva en todos los aspectos, pero lo más importante es que sentí en lo más profundo de mi ser que era cierta. Hasta entonces no había conocido a ningún psicoterapeuta que en vez de centrarse en el problema lo hiciera en la solución. Phil albergaba la absoluta convicción de que los seres humanos poseían fuerzas sin explotar que les permitirían resolver sus propios problemas. De hecho, su visión de los problemas estaba en las antípodas de lo que me habían enseñado a mí: él no los veía como obstáculos para el paciente, sino como oportunidades para entrar en aquel mundo de posibilidades sin explotar.
 
Mi primera reacción fue de escepticismo. Lo de convertir los problemas en oportunidades ya lo había oído antes, pero nadie me había explicado la manera exacta de aplicarlo. Phil le dio claridad y concreción: había que sacar partido a los recursos ocultos mediante una serie de técnicas poderosas pero simples que cualquier persona podía utilizar.
 
A esas técnicas les daba el nombre de «herramientas».
 
Salí del seminario tan entusiasmado que era como si pudiera volar; y no solo porque hubiera verdaderas herramientas que pudieran ayudar a la gente, sino por la actitud de Phil, que se mostraba abiertamente a todos, con sus teorías y herramientas, sin exigirnos que aceptáramos lo que decía, ni otra insistencia que la de que usáramos sus herramientas y llegáramos a nuestras propias conclusiones sobre lo que eran capaces de lograr. Casi nos desafiaba a desmentirle. Me dio la impresión de que era un hombre muy valiente, o muy loco; posiblemente era las dos cosas. En todo caso, el efecto que tuvo en mí fue catalizador, me sentí como si hubiera salido bruscamente al aire libre tras el dogma asfixiante de mis colegas más tradicionales. Todavía vi más claro hasta qué punto se escondían estos últimos detrás de un muro impenetrable de ideas enrevesadas que no consideraban necesario poner a prueba o experimentar personalmente.
 
En el seminario aprendí una sola herramienta, pero la puse inmediatamente en práctica, impaciente por aplicarla con Roberta, y convencido de que le sería de mayor ayuda que escarbar en el pasado. En la siguiente sesión, le dije:
 
—Mira lo que puedes hacer en cuanto empieces a obsesionarte.
 
Y le hablé de la herramienta (que expondré más adelante). ¡Cuál fue mi sorpresa cuando vi que se adueñaba de ella y empezaba a usarla de inmediato! Pero lo más asombroso fue que funcionó. Mis colegas se equivocaban. No por darle a Roberta algo que le procurase una ayuda inmediata se volvió más exigente e inmadura, sino todo lo contrario: le dio la inspiración necesaria para convertirse en participante activa y entusiasta de su propia terapia.
 
Había pasado en muy poco tiempo de sentirme inútil a tener efectos muy positivos en otra persona. Sentí en mí una gran avidez: la de tener más información, más herramientas, y entender en profundidad su funcionamiento. ¿Era un mero cajón de sastre compuesto por distintas técnicas, o —como sospechaba— un nuevo enfoque del ser humano?
 
En mi búsqueda de respuestas, empecé a acorralar a Phil después de cada seminario y a sonsacarle el máximo de información posible. Él siempre se prestaba (como si le gustase responder a mis preguntas), pero cada respuesta desembocaba en un nuevo interrogante. Como me parecía haber dado con una verdadera mina, quise acumular todos los datos que pudiera. Era insaciable.
 
De ahí surgió otro tema: lo que me enseñaba Phil era tan poderoso que quise convertirlo en el eje de mi trabajo con los pacientes, pero no existía ningún programa pedagógico en el que matricularse, ni metas académicas que superar. A mí esas cosas se me daban bien, pero a Phil no parecían interesarle lo más mínimo. Me sentí inseguro. ¿Cómo hacer méritos para que me formase? ¿Llegaría a considerarme un candidato? ¿Le alejaba con mis preguntas?
 
Poco después de que empezase a impartir mis seminarios, comenzó a asistir un joven muy apasionado, un tal Barry Michels que, con ciertos titubeos, se presentó como terapeuta, aunque, por lo pormenorizado de las preguntas que me hacía, parecía más bien un abogado. En todo caso, era muy inteligente.
 
Pero yo no le respondía por eso. A mí nunca me ha impresionado el intelecto, ni el currículum. Lo que me llamó la atención fue su entusiasmo, y que al volver a casa utilizase las herramientas por su cuenta. Fueran o no imaginaciones mías, me dio la impresión de que llevaba mucho tiempo en busca de algo y de que por fin lo había encontrado.
 
Un día me hizo una pregunta que nunca me habían hecho.
 
—Me gustaría saber… quién te ha enseñado… las herramientas y lo demás. En mi programa de formación no vimos absolutamente nada de todo esto.
 
—No me lo ha enseñado nadie.
 
—¿Quieres decir que se te ha ocurrido a ti solo?
 
Vacilé.
 
—Sí… Bueno, no exactamente.
 
No supe si debía explicarle de dónde sacaba realmente la información. Era una historia un poco insólita. Sin embargo, como me pareció una persona abierta de miras, decidí probar. Empecé por los primeros pacientes a quienes traté, en especial por uno.
 
Tony era un residente joven de cirugía en el hospital donde yo hacía la residencia en psiquiatría, pero, a diferencia de gran parte de los cirujanos, no tenía nada de arrogante; tanto es así, que el primer día que le vi merodear junto a la puerta de mi despacho me pareció un ratón dentro de una trampa. Le pregunté qué le pasaba, y él contestó:
 
—Me da miedo un examen.
 
Temblaba como si el examen fuera en diez minutos, cuando faltaban todavía seis meses. Le daban miedo todos los exámenes, y aquel era de los gordos: la prueba que le facultaría como cirujano ante el colegio de médicos.
 
Yo interpreté su caso como me habían enseñado a hacer. El padre de Tony había hecho fortuna en el sector de las tintorerías, pero era un hombre sin estudios y con arraigados sentimientos de inferioridad. De puertas afuera, quería que su hijo se convirtiera en un cirujano famoso para participar de su triunfo, pero en el fondo era tan inseguro que vivía como una amenaza la idea de que su hijo le superase. Por eso Tony tenía un pavor inconsciente al éxito: porque su padre le vería como un rival, y pasaría al contraataque. Su forma de protegerse era suspender los exámenes. Al menos eso era lo que me habían enseñado a pensar.
 
Tony se tomó mi interpretación con escepticismo.
 
—Me suena a cosa de manual. Mi padre nunca me ha empujado a hacer nada por él. No puedo echarle la culpa de mi problema.
 
Aun así, al principio pareció que le ayudaba: estaba mejor de aspecto, y mejor por dentro. Sin embargo, a medida que se aproximaba el día del examen, rebrotaron todos los síntomas de golpe, y quiso aplazarlo. Yo le aseguré que todo se debía al miedo inconsciente que tenía a su padre, y que bastaría con seguir hablando sobre el tema para que se le pasase, como antes. Era el enfoque tradicional de aquel tipo de problemas, el de eficacia comprobada. Tan convencido estaba yo, que le di garantías de que aprobaría el examen.
 
Me equivoqué. Suspendió estrepitosamente.
 
Después, solo hubo otra sesión; Tony seguía pareciendo un ratón en una trampa, pero ahora era un ratón enfadado, y se me quedaron grabadas sus palabras.
 
—En el fondo no me has dado una manera de vencer mis temores. Hablar cada vez sobre mi padre ha sido como enfrentarse a un gorila con una pistola de agua. Me has fallado.
 
La experiencia con Tony me abrió los ojos: me di cuenta de lo indefensos que podían sentirse los pacientes al tener que enfrentarse solos a un problema. Lo que necesitaban eran soluciones que les dieran poder para contraatacar, y ese tipo de poder no pueden darlo las teorías ni las explicaciones; lo que necesitan son fuerzas que sientan ellos mismos.
 
A este fracaso le siguieron otros menos espectaculares, siempre con pacientes expuestos a algún tipo de sufrimiento: depresión, pánico, rabia obsesiva, etc. Todos imploraban que les enseñase la manera de aliviar su dolor, y yo no sabía qué hacer para ayudarles.
 
En superar fracasos ya tenía experiencia: de pequeño me encantaba el baloncesto y jugaba con niños mejores y más altos que yo. (La verdad es que más altos lo eran casi todos.) Si jugaba mal, me limitaba a seguir practicando. Pero esto era diferente. Desde que perdí la fe en cómo me habían enseñado a hacer terapia, ya no hubo nada que practicar. Era como si alguien me hubiera quitado la pelota y se la hubiera llevado.
 
Mis supervisores eran profesionales sinceros y entregados, pero atribuyeron mis dudas a la inexperiencia. Me dijeron que la mayoría de los terapeutas jóvenes dudan de sí mismos, pero que con el paso del tiempo aprenden que la psicología tiene sus límites, y al aceptarlos dejan de hacerse tantos reproches.
 
Eso a mí me resultaba inaceptable.
 
Yo no estaría satisfecho hasta el día en que pudiera dar a los pacientes lo que me pedían: una manera de contraatacar. Decidí buscarla a cualquier precio. Ahora que lo pienso, solo fue el siguiente paso de un camino que emprendí a los nueve años.
 
Fue cuando mi hermano de tres años murió de un tipo infrecuente de cáncer, algo de lo que mis padres, cuyos recursos emocionales eran limitados, nunca se recuperaron: se hundieron en un clima de fracaso, y con ello cambió mi papel dentro de la familia. Las esperanzas de futuro de mis padres se centraron en mí, como si tuviera el poder de ahuyentar el fracaso. Cada tarde, al volver del trabajo, mi padre se sentaba en su mecedora y empezaba a preocuparse.
 
Pero no en silencio.
 
Me avisaba —a mí, que estaba sentado en el suelo, al lado de la mecedora— de que su empresa podía quebrar el día menos pensado («irse al carajo», decía él), y me hacía preguntas del tipo: «¿Tú te las podrías arreglar con solo un par de pantalones?», o «¿Y si tuviéramos que vivir todos en una habitación?». Sus miedos no eran realistas, eran lo máximo que él podía acercarse a reconocer su pánico a que la muerte volviera a visitarnos. Durante los siguientes años, me di cuenta de que mi trabajo era tranquilizarle; en suma, que me convertí en el psiquiatra de mi padre.
 
Tenía doce años.
 
Tampoco es que me lo planteara así; de hecho, no me lo planteaba de ninguna manera. Me impulsaba el miedo instintivo de que si no aceptaba aquel papel acabaríamos sumidos en la catástrofe; y aunque no fuera nada realista, entonces lo vivía como algo de lo más real. Vivir de niño una presión así me dio fuerzas para cuando fui mayor y tuve pacientes de verdad. A mí no me intimidaban sus exigencias, como a muchos colegas. Llevaba casi veinte años en aquel papel.

Table of Contents

Índice

1. Revelación de un nuevo camino

2. La Inversión del Deseo

3. El Amor Activo

4. La Autoridad Interior

5. El Flujo de Gratitud

6. El Riesgo

7. Fe en las fuerzas superiores

8. Los frutos de una nueva visión

AGRADECIMIENTOS
Phil Stutz|Barry Michels

About Phil Stutz

Phil Stutz - El método

Photo © Kwaku Alston

Phil Stutz graduated from City College in New York and received his MD from New York University. He worked as a prison psychiatrist on Rikers Island and then in private practice in New York before moving his practice to Los Angeles in 1982.

About Barry Michels

Barry Michels - El método

Photo © Kwaku Alston

Barry Michels has a BA from Harvard, a law degree from University of California, Berkeley, and an MSW from the University of Southern California. He has been in private practice as a psychotherapist in Los Angeles since 1986.
Praise

Praise

“Un ‘secreto conocido’ en Hollywood… [Stutz y Michels] han desarrollado un programa diseñado para alcanzar el poder creativo del subconsciente”. —The New Yorker

  • El método by Phil Stutz y Barry Michels
  • October 09, 2012
  • Self-Help - Personal Growth
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