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Nocturno de La Habana

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Cómo la mafia se hizo con Cuba y la acabo perdiendo en la revolución

Written by T.J. EnglishAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by T.J. English

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On Sale: December 05, 2012
Pages: 432 | ISBN: 978-0-307-83249-8
Published by : Vintage Espanol Knopf
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Synopsis|Excerpt

Synopsis

Para los líderes de los bajos fondos Meyer Lansky y Charles “Lucky” Luciano, Cuba era la mejor esperanza para el futuro del crimen organizado norteamericano en los años posteriores a la Prohibición. En la década de 1950, la mafia —con el gobierno de Fulgencio Batista en su bolsillo— era la dueña de los hoteles de lujo y los casinos más grandes de La Habana, empezando un boom turístico sin precedentes, con los entretenimientos más extravagantes, las estrellas más famosas, las mujeres más hermosas y juego en abundancia. Pero los sueños de los mafiosos chocaron con los de Fidel Castro, Che Guevara y otros que dirigieron una insurrección del pueblo contra el gobierno de Batista y sus socios extranjeros— una épica batalla cultural que es capturada en este libro en toda su atractiva, decadente y espantosa gloria.

Excerpt

1
Sentirse afortunado

Cuando Charles Luciano de Nápoles, Italia, embarcó en un enorme carguero y se hizo a la mar en el otoño de 1946, pensaba en muchas cosas, pero solo una de ellas era importante: Cuba. La Perla de las Antillas tenía que ser su salvación, el lugar donde ascendería una vez más a la cima de la organización criminal más poderosa del mundo libre. Tras una larga década de cárcel y destierro, no merecía menos.

Hacía solo siete meses que había sido deportado de Estados Unidos, y Luciano no quería tentar la suerte: su viaje de Italia a Cuba debía ser un secreto que únicamente conocerían sus colaboradores más allegados. Utilizando un pasarporte italiano y su nombre de pila —Salvatore Lucania—, emprendió un viaje que duraría casi dos semanas. El carguero que zarpó de Nápoles a mediados de octubre hizo la primera escala en Caracas, Venezuela. Luciano se quedó allí unos días y luego voló a Río de Janeiro, donde permaneció unos días más. Después de asegurarse de que no era objeto de ningún tipo de vigilancia, Luciano voló a Ciudad de México y luego nuevamente a Caracas, donde fl etó un avión para la última etapa de su viaje. . . a Cuba.

Aterrizó en el aeropuerto de Camagüey, en el interior de la isla, el 29 de octubre por la mañana. Se habían hecho gestiones para que el famoso gángster desembarcara en el extremo más alejado del aeropuerto. Cuando descendió del aparato, Luciano encontró a un funcionario del gobierno cubano. Las primeras palabras que salieron de la boca del recién llegado fueron: «¿Dónde está Meyer?».

Luciano no tuvo que esperar mucho para ver la conocida sonrisa taciturna de su amigo de la infancia y compinche durante mucho tiempo. Un coche cruzó la pista y se detuvo cerca del avión privado de Luciano. De él se apeó Meyer Lansky.

Luciano y Lansky llevaban meses sin verse. Lansky, de cuarenta y cuatro años, iba bien vestido y estaba bronceado, como de costumbre. Su metro sesenta y pico de estatura le había valido el apodo de Hombrecito. Era una ironía: en la profesión que había elegido, la de empresario del hampa especializado en el juego, Lansky era cualquier cosa menos pequeño. Luciano lo sabía muy bien porque había sido socio de Lansky en muchos de sus proyectos más ambiciosos.

Luciano era más alto que Lansky, con la clásica tez siciliana que la prensa calificaría invariablemente de «atezada». Tenía cincuenta años, sus negros cabellos empezaban a encanecer en las sienes y sus muchos años en la cárcel habían suavizado su físico. Entre los cuarenta y los cincuenta años de edad, pasó casi toda su vida entre rejas y gran parte de la arrogancia juvenil que había caracterizado su ascensión al poder en Nueva York aparecía ahora atenuada por la monotonía y la humillación de la vida carcelaria. Lucky, como a veces le llamaban, aspiraba a recuperar su magia, reafirmar su poder y redescubrir el gángster que llevaba dentro. Cuba sería el lugar para ello.

Con Lansky a su lado, el célebre mafioso pasó por la aduana cubana en un tiempo récord. Lansky era un pez gordo en la isla, amigo de altos cargos del gobierno. Era Lansky quien un mes antes había mandado a Luciano, que estaba en Italia, una nota críptica que rezaba: «Diciembre — Hotel Nacional». Luciano supo lo que quería decir. Los planes que él y Lansky tenían para Cuba databan de varias décadas atrás.

Acompañados por un guardaespaldas y chófer, los dos hombres fueron en coche al cercano Grand Hotel, el establecimiento de más renombre del interior del país. Desde la cafetería situada en la terraza del hotel, podían ver toda la ciudad de Camagüey, con su laberinto de calles, sus campanarios y sus tejados de terracota. El almuerzo fue copioso, regado con ron dulce de Santiago. Después Luciano y Lansky prosiguieron su viaje a la capital, La Habana.

El almuerzo de celebración y el viaje de dos horas a través de la isla fueron seguramente momentos llenos de nostalgia y grandes expectativas para aquellos dos hombres criados en el Lower East Side de la isla de Manhattan. Que estuvieran sentados en un autómovil que cruzaba libremente Cuba era el resultado de un giro fantástico de los acontecimientos. Solo siete meses antes, Luciano estaba encerrado en la prisión de Dannemora y luego en el correccional de Great Meadow —o Comstock, como llamaban comúnmente a la prisión del norte del estado de Nueva York— y las perspectivas eran poco prometedoras. Luciano se encontraba en el noveno año de una pena de prisión de entre treinta y cincuenta años. Al parecer, no había ninguna posibilidad de que pronto viera la luz del día más allá de los muros de la cárcel.

La manera en que Luciano y Lansky se las habían arreglado para que el primero fuese puesto en libertad antes de cumplir toda la condena seguía siendo en gran parte desconocida por el gran público. Al conmutársele la pena y deportarle a Sicilia, la prensa mundial aludió a una «relación secreta» entre Luciano y el servicio de inteligencia de la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Se dijo que desde su celda de la prisión Luciano había contribuido al esfuerzo bélico, afirmación a la que dio crédito el gobernador de Nueva York, Thomas E. Dewey, que recomendó la conmutación de la pena y la puesta en libertad del hampón. Dewey era el mismo hombre que, en calidad de fiscal especial, había enviado a Luciano a la cárcel bajo cargos de prostitución forzosa.

«Lucky Luciano sale de la cárcel», decía el titular del New York Daily Mirror el día que soltaron al jefe mafioso. Otros periódicos pregonaron el acontecimiento con los grandes titulares que normalmente se reservaban para guerras y elecciones. Bien poco se reveló sobre los detalles de la cooperación de Luciano con la Marina. La información relativa al «trato» que habían hecho seguía siendo secretísima. El ciudadano medio del mundo se llevó la impresión de que existía alguna relación vergonzosa entre los bajos fondos y el gobierno, en este caso las fuerzas armadas estadounidenses. Que Luciano fuera deportado inmediatamente de Estados Unidos a Lercara Friddi, Sicilia —su ciudad natal—, no cambió el hecho de que ahora era un hombre libre que de algún modo estaba por encima de la ley.

Naturalmente, Luciano no pensaba igual. Estaba furioso porque le habían deportado a Sicilia. Su único consuelo era que no tenía la menor intención de quedarse en Italia. Desde el momento en que le desterraron, su objetivo fue regresar a Estados Unidos a través de Cuba.

Luciano y Lansky llegaron finalmente a su destino, el regio Hotel Nacional, la dirección más prestigiosa de La Habana. Lansky era socio de una compañía que tenía una participación en el establecimiento. Situado en lo alto de un risco, con sus distintivas torres gemelas y una vista espectacular del Caribe, el Nacional era el orgullo de La Habana.

Era a última hora de la tarde. Meyer le dijo a su amigo que no entraría en el hotel. Aquella noche regresaría a Estados Unidos y empezaría a hacer circular entre sus compinches del hampa la noticia de que Luciano se hallaba en Cuba. Su presencia sería solicitada en una importante reunión de la tribu que debía celebrarse en el mismo Hotel Nacional en diciembre. La conferencia sería un gran encuentro de jefes mafiosos procedentes de todo Estados Unidos, el primero desde hacía catorce años. En esta reunión se instauraría el nuevo orden mundial y Luciano reafirmaría su posición de miembro de la jerarquía de lo que se llamaba de diversos modos: el Sindicato, la Comisión o la Mafia.

Los dos hombres se despidieron. Tras firmar en el libro de registro con el nombre de Salvatore Lucania, Luciano fue conducido a su habitación. Años después recordaba ese momento:

Cuando llegué a la habitación el botones corrió las cortinas de los ventanales y me asomé al exterior. Pude ver casi toda la ciudad. Me parece que lo que me emocionó fueron las palmeras. Mirases donde mirases, había una palmera y tuve la sensación de haber vuelto a Miami. De pronto, me di cuenta, por primera vez en más de diez años, de que no iba esposado y de que nadie me estaba pisando los talones, que era la sensación que solía tener cuando viajaba por Italia. Mientras contemplaba el Caribe desde la ventana, me di cuenta de otra cosa; el agua era tan bonita como la bahía de Nápoles, pero distaba solo unos ciento cuarenta kilómetros de Estados Unidos. Eso significaba que prácticamente había regresado a Estados Unidos.

Luciano pasó dos semanas en el Hotel Nacional. A mediados de noviembre se mudó a una casa espaciosa en el exclusivo barrio de Miramar, entre las fincas y los clubes náuticos de acaudalados residentes cubanos y norteamericanos. A unas cuantas manzanas de la mansión de estilo español de Luciano en la calle Treinta, cerca de la Quin-ta Avenida, se hallaba la finca particular del presidente de Cuba, Ramón Grau San Martín. Luciano se instaló sin perder ni un minuto:

Durante las semanas siguientes me tomé las cosas con calma. Desayunaba en la cama y luego me ponía unos pantalones y paseaba por mi finca y supervisaba a los cuatro jardineros, hablábamos de la clase de flores que quería que plantaran. La casa estaba amueblada con antigüedades fantásticas y debía de haber mil metros de todo tipo de seda, desde cortinas hasta sábanas. Era un cambio sensacional en comparación con Dannemora y Great Meadow. El lugar era propiedad de un rico plantador de caña de azúcar, pero era la época en que las cosas iban muy mal y yo solo pagaba ochocientos machacantes al mes por toda la covacha, incluidos todos los sirvientes y los jardineros.

Entre los socios con los que Luciano volvió a relacionarse en La Habana se encontraba un senador cubano llamado Eduardo Suárez Rivas. Luciano había conocido al senador Suárez hacía algún tiempo, por mediación de Lansky. De hecho, el senador estaba en Nueva York cuando se produjo la deportación de Luciano. Había sido uno de la decena y pico de invitados que asistieron a una fiesta de despedida celebrada en honor de Luciano a bordo del Laura Keene, el transatlántico que llevó al gángster desterrado a Sicilia. El Buró de Narcóticos de Estados Unidos sostenía que, además de sus obligaciones como miembro del Senado de Cuba, Suárez Rivas era narcotraficante, concretamente traficante de cocaína, y esperaba hacer negocios con Luciano.

Al gángster norteamericano se le vio a menudo con el senador durante las primeras semanas después de su llegada a La Habana. De vez en cuando, Luciano iba de excursión al campo con Suárez Rivas y su familia. Se le vio tomando el sol en la piscina del Hotel Nacional con el senador, la esposa de este y los hijos del matrimonio. En cierta ocasión, Luciano trató de congraciarse con el senador regalando a su esposa una ranchera Chrysler nueva cuyo precio era de cuatro mil dólares. Sin embargo, la licencia de importación fue denegada. Luciano y Suárez tuvieron que ordenar que se mandara la ranchera a un socio de Tampa, Florida, que casualmente era un destacado fabricante de puros. El socio condujo el coche por la región de Tampa durante unos cuantos días hasta que hubo acumulado suficientes kilómetros para que lo declarasen vehículo de segunda mano. Luego lo llevaron a Cuba por un valor declarado de quinientos dólares. Más adelante, Luciano pudo importar un automóvil para él mismo —un Cadillac—, que entró en el país sin pagar ningún impuesto de importación.

En La Habana los mafiosos norteamericanos llevaban una vida de ocio. Además de cuidar su jardín, ir de excursión con la familia Suárez Rivas y frecuentar la piscina del Hotel Nacional, Luciano visitaba a menudo el hipódromo Oriental Park, en el barrio residencial de Marianao. También pasaba algunas veladas en el elegante Gran Casino Nacional. Dedicaba gran parte de su tiempo a cultivar las relaciones con políticos cubanos que podían resultarle útiles en el futuro o a tratar de disfrutar de los numerosos placeres sensuales que ofrecía La Habana.

Uno de esos placeres eran las mujeres. Como dijo una vez Lansky: «A Charlie le gustaba follar. Era una de sus debilidades». Por supuesto, Luciano también tenía que recuperar el tiempo perdido. Se le habían negado los placeres de la carne durante su estancia de diez años en la cárcel. En La Habana recibía frecuentemente a prostitutas en una suite ejecutiva del Hotel Nacional.

En general, lo que hacía Lucky era matar el tiempo en espera del gran acontecimiento de diciembre, cuando empezarían a llegar sus «amigos» para asistir a la prevista conferencia de la Mafia y finalmente podrían llevarse a la práctica sus antiguos planes de crear un imperio en Cuba.

Se suponía que nadie estaba enterado de que Luciano se hallaba en La Habana, pero de vez en cuando la noticia trascendía o alguien veía al gángster. Este fue el caso de Bernard Frank, un joven abogado que a la sazón vivía en Miami. Una mañana de diciembre, Frank recibió en su casa una llamada de Meyer Lansky, el compinche de Luciano.

«Letrado, ¿estás despierto?», preguntó Lansky.

El abogado miró el reloj de la mesita de noche. Eran las seis de la madrugada.

«Ahora sí», respondió

Bernard Frank conocía a Meyer y a su hermano menor, Jake. Cinco años antes, el abogado había acudido en plena noche a gestionar la libertad bajo fianza de unos crupieres que trabajaban en un club de juego afiliado a los hermanos Lansky en el condado de Broward, justo al norte de la demarcación de Miami. Frank consiguió que pusieran en libertad a los crupieres, de modo que no tuvieron que pasar la noche en la cárcel. Meyer siempre recordaba al joven abogado por eso.

«¿Qué pasa?», preguntó Frank al jefe mafi oso judío.

«¿Puedes estar en el aeropuerto antes de las nueve de la mañana y volar conmigo a La Habana? Tengo a Carmen Miranda actuando en el Colonial Inn y necesita unas maracas nuevas.» El Colonial Inn era un popular «tugurio con alfombras» o casino-club nocturno que los hermanos Lansky poseían y explotaban en las afueras de Miami.

Frank estaba a punto de preguntar si no podía ir a la tienda de baratillo más cercana y comprar allí las maracas cuando Lansky le explicó que Miranda, la temperamental cantante, actriz y estrella brasileña que entonces estaba en la cima de su celebridad, exigía unas maracas concretas que había visto en una tienda de La Habana y no aceptaría otras. El joven abogado se frotó los ojos para despejarse y se puso a pensar: acababa de regresar a Estados Unidos después de cuatro años en el ejército y nunca había estado en La Habana. Por supuesto, acompañaría a Lansky en la travesía del estrecho de Florida para comprar maracas para Carmen Miranda. «Te veré en el aeropuerto», dijo.

Tras el vuelo de una hora a La Habana, Lansky y Frank fueron primero en coche al hipódromo Oriental Park. Allí, Lansky saludó a varios amigos. Luego fueron a una mansión situada en una parte elegante de la ciudad. Los dos hombres se acercaron a la puerta, llamaron y fueron recibidos por un criado que, al parecer, conocía a Lansky. El sirviente les dejó solos y poco después volvió con un se-ñor que tenía aspecto de italiano y llevaba una bata de baño de seda y zapatillas de piel. Lansky le dijo al hombre de la bata: «Charlie, quiero presentarte a mi abogado, Bernie Frank». Luego le dijo a Frank: «Bernie, te presento al señor Charlie Luciano».

Frank estrechó la mano de Luciano. Seguidamente, Lansky y Luciano entraron en otra habitación para hablar en privado. El joven abogado de Miami se sentó en el vestíbulo y esperó. De pronto cayó en la cuenta de que se suponía que el hombre al que acababa de conocer había sido desterrado a Italia por el gobierno estadounidense. Aquella noche, Frank pensó que posiblemente era uno de los primeros norteamericanos en saber a ciencia cierta que el tristemente famoso Luciano estaba en Cuba. Al día siguiente —después de que él y Lansky comprasen las maracas para Carmen Miranda—, Bernie volvió a Miami y mantuvo la boca cerrada.
T.J. English

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T.J. English - Nocturno de La Habana
T. J. English es el autor de los bestsellers Paddy Whacked, The Westies y Born to Kill, el cual fue nominado para el Edgar Award, el premio más importante para novelas de misterio y suspense. Ha escrito para las revistas Esquire, Playboy y New York, entre otras publicaciones, y ha sido guionista de los programas NYPD Blue y Homicide. Actualmente vive en Nueva York.
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Nocturno de La Habana tiene el aire de un thriller con el beneficio de además ser cierto. . . Las bien investigadas descripciones de English acerca de cómo las empresas, las apuestas, la política, la revolución, la música y la religión jugaron el uno con el otro le dan a este libro un amplio contexto y un profundo conocimiento”. —The Washington Post Book World
 
“Lamentarás no haber tenido la oportunidad de tomar unos cuantos mojitos mientras mirabas los espectáculos del antiguo Tropicana”. —Village Voice

“Una sabrosa mezcla de crimen verdadero e intriga política, todo acompañado por el sexy chisporroteo de la vida nocturna de La Habana.” —San Francisco Chronicle

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