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  • El lugar entremedio
  • Written by Kelly Corrigan
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9780307476487
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  • El lugar entremedio
  • Written by Kelly Corrigan
  • Format: eBook | ISBN: 9780307778635
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 (Spanish)
El lugar entremedio

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Written by Kelly CorriganAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by Kelly Corrigan

eBook

List Price: $11.99

eBook

On Sale: April 20, 2011
Pages: 336 | ISBN: 978-0-307-77863-5
Published by : Vintage Espanol Knopf
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Synopsis|Excerpt

Synopsis

El lugar entremedio es una historia de crecimiento personal, una crónica del cáncer y un homenaje a un padre excepcional. Es el sobrecogedor relato de una mujer que se enfrenta a múltiples desafíos y de su capacidad de sobreponerse a la adversidad.
 
Kelly Corrigan es una feliz mujer casada, madre dos preciosas hijas, que tienes una columna semanal en un periódico de San Francisco. Su modelo a seguir es su padre, el carismático y encantado George Corrigan , quien reciba cada mañana con su característico “HOLA MUNDO” y siempre se las arregla para encontrar el lado positivo de todo. A sus más de treinta años, Kelly se encuentra en lo que ella llama el “lugar entremedio” ese momento en que se es  madre e hija a la vez. Pero todo cambia de repente, cuando Kelly encuentra un bulto en su pecho. Y por si fuera poco, su padre —su héroe— también tiene cáncer y ahora será el turno de Kelly de cuidar del hombre que siempre estuvo ahí para ella.

Excerpt

1

Lunes, 2 de agosto de 2004 w

Agosto es un mes terrible para nacer.

Yo aspiro a ser una persona realizada que ya no necesita ni desea que su cumpleaños reciba atención. Combato la urgencia de planear algo. Es tan egoísta, me digo. Sin embargo, éste (treinta y siete), éste va en camino de convertirse en el cumpleaños más mundano y carente de inspiración hasta la fecha y no estoy segura de poder ignorarlo.

para: Las damas ref: Almuerzo fecha: Lunes 2 de agosto de 2004

Como estoy segura de que recordarán, mi cumpleaños es el 16 de agosto. El mío y el de Georgia, el de Madonna y el de Menachem Begin. Sin embargo, este año sólo quiero celebrar el mío. ¿Puedo convencerlas para que se reúnan conmigo a almorzar en San Francisco? ¿Tal vez en algún lugar con terraza donde sirvan algún cóctel helado al mediodía? Infórmenme si pueden escaparse el sábado 21 de agosto y yo les informaré el sitio.

Con amor, Kel

P.D. Las personas portadoras de regalos serán lapidadas hasta la muerte.

Oh, qué más da, pienso al notar que mi infantil necesidad de festejar mi cumpleaños ha ganado otra vez. Lo intenté. Pulsé el comando de enviar y comencé con mi rutina: ponerme los pantalones de yoga de ayer (en realidad, no practico yoga), combinarlos con una nueva camiseta verde de Costco, tostar waffles congelados para Claire, preparar un bagel con queso crema para Georgia, exprimir jugos para ambas, asegurar a las niñas en los asientos del auto, dejar a las niñas en el preescolar, regresar a casa a mover cosas (platos a los estantes, latas al bote de reciclaje, calcetines a la canasta de ropa sucia, facturas al montón, zapatos al armario). A las once y media, después de haber perdido toda la mañana en un par de docenas de tareas de cinco minutos, es hora de salir a recoger a mis hijas y comenzar con la rutina vespertina, la cual es tan aburrida y típica como la matutina, de manera que te la ahorraré.

Edward, mi esposo durante cuatro años y padre de estas niñas, viajó a Filadelfia por negocios. Por lo regular, él baña a las niñas; es su tiempo para estar con ellas al final de cada día y, con base en lo que he escuchado, por lo general comienza de manera placentera, pronto se convierte en agotadora y después, cuando se apagan las luces, regresa en círculo a ser un deleite. El hecho de que él arrope a las niñas en sus camas “después de un día largo y difícil en la oficina” hace que mi madre lo adore. Y así debe ser. Él ofrece un servicio completo.

Esta noche en particular, después de lavar las migajas de nuggets de pollo de sus platos y de negociar con éxito un intercambio de diez ejotes por un puñado de chispas de chocolate, subo a las niñas al baño. A Georgia le gusta lavarme el cabello. Le agrada ser la mamá. Le gustaría lavar también el cabello de su hermanita, pero Claire no accede. Cuando Edward está de viaje, con frecuencia descubro que he sido convencida de meterme a la tina para que las niñas puedan verter demasiado champú en mi esponjado cabello castaño. Esta noche es una de esas noches, excepto que hoy, al subir la mano por mi pecho para retirar un poco de jabón de mis ojos, creo sentir algo duro justo allí, debajo de la piel. Lo toco una vez y lo presiono con suavidad con la palma abierta de mi mano y entonces, después de que un destello de conmoción me atraviesa, me obligo a enfocar mi atención completa en bañar a las niñas.

Mis hijas son buenas: una es regordeta, otra es delgada; ambas son simpáticas. Claire tiene año y medio y Georgia cumplirá tres la próxima semana. Parecen mayores, pero por distintos motivos. Por lo regular, Georgia me confunde con preguntas como: “¿Devastado significa arruinado?” o “¿Qué significa lenguaje?”. Claire supera al cien por ciento de sus congéneres en estatura, peso y tamaño de cabeza. Adoran a Van Halen y a la masa Play-Doh y les encanta pelear por las viejas ligas de plástico y los broches que nunca permanecen en sus cabellos. Las amo con locura y espero que sean las hermanas mayores de más niños como ellas.

Mientras me seco, sé que tengo que tocarlo de nuevo sólo para asegurarme de que estoy equivocada. No lo estoy y entonces comienzo a moverme a paso maniático y a dirigir a las niñas con esa manera extraña y tensa que las madres de las películas emplean cuando descubren que una bomba está a punto de estallar en su sótano, justo debajo de donde sus hijos disfrutan jugar con sus Legos.

—Georgia, cariño, necesito que te pongas tu pijama ahora mismo y te reúnas conmigo en la parte superior de las escaleras. Claire, recoge esa bata y tráemela de inmediato. Vamos, cariño. En este minuto.

Mientras les doy instrucciones, marco el número de teléfono de la casa de mi ginecóloga y obstetra. La doctora Birenbaum también es mi amiga Emily y vive a unos diez minutos de distancia. Ella responde y puedo escuchar en el fondo los balbuceos de su bebé de diez meses. Emily está contenta de recibirnos y de hacerme una rápida revisión.

Es tarde y afuera está oscuro. En el corto trayecto escuchamos el CD de American Idol que la amiga de Georgia dejó en nuestro auto. Las niñas están fascinadas por el paseo en pijama en lugar de ir a la cama. Les digo que iremos a un baile en casa de Emily.

—¿Mami? ¿Mami? ¿En casa de Emily? Cuando hagamos el baile, Claire no podrá bailar sobre la mesa porque podría caer y tendría un yeso, ¿verdad, mami? —pregunta Georgia. Hace poco impresioné a Georgia con una historia acerca de un niño que se rompió una pierna al saltar sobre una cama. Estuvo enyesado durante seis semanas—. Porque llorará y tendrá que ir a un hospital a que la inyecten muchas veces. ¿Verdad, mami?

Yo había enfatizado lo desagradables que son los hospitales.

Entonces me escucho decir:

—Es verdad, preciosa. Médicos, hospitales, muchas inyecciones.

Emily me examina en el sofá. Bromeamos acerca de que su esposo podría llegar a casa y encontrarme semidesnuda en el sofá con los brazos sobre la cabeza. Yo digo que sería bueno que él estuviera allí para poder tener dos por uno. Georgia y Claire están encantadoras y preguntan si Emily también les hará cosquillas a ellas. Después se hacen exámenes de mama una a la otra.

—Es probable que se trate de un quiste —me asegura Emily.

Dejo Berkeley veinte minutos más tarde y me siento aliviada por contar con un médico. Emily ordenará una mamografía para mí dentro de un par de días, sólo para asegurarnos.

Llego a casa, llevo a las niñas a sus camas, una por una, y espero la llamada de Edward desde su viaje de negocios. Él trabaja para TiVo y ha ido a Filadelfia a negociar un acuerdo con Comcast. Cuando llama, me cuenta los acontecimientos principales de su día: el contrato va en avance, están atorados en un tema, uno de los tipos es un verdadero sinvergüenza. Nos decimos lo cansados que estamos. Él menciona que le duele la garganta.

Entonces, en un tono cuidadoso y controlado, le digo:

—Pues cuando estaba en el baño con las niñas, ya sabes, me lavaba y sentí una bolita. —Mientras hablo, la toco una y otra vez, como cuando estás por perder un diente o tienes una úlcera bucal y cada vez te sorprende que aún esté allí. —Es dura como una piedra. Está allí. Tú no lo creerías.

Le digo todo lo que Emily me dijo; que es dura, lo cual es malo, pero es movible, lo cual es bueno, y que las bolitas tienden a ser quistes en mujeres jóvenes.

—De acuerdo, eso es bueno. Y no hay cáncer de mama en tu familia, lo cual es bueno. Esperemos que puedas hacerte la mamografía mañana o pasado mañana para poder estar seguros —dice él, muy en su papel. Él es un hombre de razón, mi esposo. No cede a la preocupación—. Va a ser un quiste —agrega. Colgamos unos minutos después y ambos proyectamos optimismo.

Sin embargo, a solas en mi habitación siento que se enciende una alarma. Estiro mi cuerpo entero sobre la cama para amortiguar el penetrante sonido. Para poder dormir leo un artículo largo del National Geographic de hace diez años acerca del huracán Andrew, en Florida. En la portada aparece un marino sucio, pegajoso y quemado por el sol que sostiene en brazos a un bebé que se ha quedado sin hogar. El tipo que escribió el artículo dice que, en el curso de diez días, el huracán se desencadenó después de comenzar como una serie de tormentas eléctricas hasta convertirse en una tormenta tropical. Con el tiempo mostró su verdadera naturaleza como el implacable huracán que fue. Un reportero de televisión local llamado Bryan Norcross permaneció en el aire durante veintidós horas seguidas para “hablar con sus oyentes durante las horas más terroríficas de sus vidas y decirles cómo encontrar lugares seguros en las casas que el viento deshacía en pedazos”. Por lo regular, no suelo aguantar más de dos páginas por noche; no obstante, esta noche continúo hasta terminar. Tengo que caminar por el puente que conduce desde el pánico y el esfuerzo hasta la renovación. Tengo que llegar hasta el final, hasta el sitio donde la devastación abre paso al renacimiento. Leo esa frase una y otra vez hasta que estoy lista para apagar la luz.

“Siete semanas después de la tormenta hay señales de recuperación. Muchos árboles están cubiertos de brotes nuevos. La energía eléctrica se ha restablecido. Será un lugar espléndido una vez más”.
Kelly Corrigan

About Kelly Corrigan

Kelly Corrigan - El lugar entremedio

Photo © Betsy Barnes

Kelly Corrigan is the author of The Middle Place and Lift, both New York Times bestsellers. She is also a contributor to O: The Oprah Magazine, Good Housekeeping, and Medium. Kelly co-founded Notes & Words, an annual benefit concert for Children’s Hospital Oakland featuring writers and musicians onstage together. Her YouTube channel, which includes video essays like “Transcending” and interviews with writers like Michael Lewis and Anna Quindlen, has been viewed by millions. She lives in the Bay Area with her husband, Edward Lichty, their two daughters, and a poorly behaved chocolate Lab, Hershey.


From the Hardcover edition.

  • El lugar entremedio by Kelly Corrigan
  • March 09, 2010
  • Biography & Autobiography
  • Vintage Espanol
  • $15.00
  • 9780307476487

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