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  • La isla de los amores infinitos
  • Written by Daína Chaviano
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9780307475831
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 (Spanish)
La isla de los amores infinitos

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Synopsis|Excerpt

Synopsis

Una saga familiar nacida en tres continentes confluye en el cálido y subyugante embrujo de La Habana del siglo XIX.
 
Para huir de su soledad en Miami, Cecilia se refugia en un bar donde conoce a una misteriosa anciana. Tras ese primer encuentro, regresará al bar cada noche para escuchar de labios de la mujer tres historias que se habían iniciado, más de un siglo atrás, en otros tantos lugares del mundo: un suicidio en China que desata una cadena de reacciones familiares; una extraña maldición que persigue a ciertas mujeres en un pueblo español, y una joven arrancada de su hogar en la costa africana, que es llevada a un mundo desconocido.
 
Las peripecias de estos personajes se irán entrelazando a lo largo del tiempo, desde una Cuba bajo el dominio español hasta nuestros días. Los amores predestinados y fulminantes de ese pasado cobrarán renovada fuerza en Cecilia, atada emocionalmente a su Habana natal, pero obsesionada también con un enigma que intenta resolver.
La isla de los amores infinitos es una saga familiar e histórica, con muchas lecturas y un ambiente cargado de misterios. El amor y el más allá son los hilos conductores de esta novela donde los sentimientos pueden sobrevivir a la misma muerte.

Excerpt

Noche azul

Estaba tan oscuro que Cecilia apenas podía verla. Más bien adivinaba su silueta tras la mesita pegada a la pared, junto a las fotos de los muertos sagrados: Benny Moré, el genio del bolero; Rita Montaner, la diva mimada por los músicos; Ernesto Lecuona, el más universal de los compositores cubanos; el retinto chansonnier Bola de Nieve, con su sonrisa blanca y dulce como el azúcar. . . La penumbra del local, casi vacío a esa hora de la noche, y empezaba a contaminarse con el humo de los Marlboro, los Dunhill y alguno que otro Cohíba.

La muchacha no prestaba atención al parloteo de sus amigos. Era la primera vez que iba al lugar y, aunque reconoció cierto encanto en él, su propia tozudez —o quizás su escepticismo— aún no la dejaba admitir lo que era evidente. En aquel bar flotaba una especie de energía, un aroma a embrujo, como si allí se abriera la entrada a otro universo. Fuera lo que fuera, había decidido comprobar por sí misma las historias que circulaban por Miami sobre aquel tugurio. Se había sentado con sus amigos cerca de la barra, uno de los dos únicos sitios iluminados. El otro era una pantalla por donde desfilaban escenas de una Cuba espléndida y llena de color, pese a la antigüedad de las imágenes.

Fue entonces cuando la vio. Al principio se le antojó una silueta más oscura que las propias tinieblas que la rodeaban. Un reflejo le hizo suponer que se llevaba una copa a los labios, pero el gesto fue tan rápido que dudó de haberlo visto. ¿Por qué se había fijado en ella? Quizás por la extraña soledad que parecía acompañarla... Pero Cecilia no había ido allí para alimentar nuevas congojas. Decidió olvidarla y ordernó un trago. Eso la ayudaría a indagar en ese acertijo en que se había transformado su espíritu: una región que siempre creyó conocer y que últimamente se le antojaba un laberinto.

Se había marchado de su tierra huyéndole a muchas cosas, a tantas que ya no valía la pena recordarlas. Y mientras veía perderse en el horizonte los edificios que se desmoronaban a lo largo del malecón —durante aquel extraño verano de 1994 en que tantos habían escapado en balsa a plena luz del día—, juró que nunca más regresaría. Cuatro años más tarde, continuaba a la deriva. No quería saber del país que dejara atrás; pero seguía sintiéndose una forastera en la ciudad que amparaba al mayor número de cubanos en el mundo, después de La Habana.

Probó su Martini. Casi podía ver el reflejo de su copa y el vaivén del liquido transparente y vaporoso que punzaba su olfato. Trató de concentrarse en aquel diminuto océano que se balanceaba entre sus dedos, y tambíen en aquella otra sensación. ¿Qué era? La había sentido apenas entrara a ese bar, descubriera las fotos de los músicos y contemplara las imágenes de una Habana antigua. Su mirada tropezó de nuevo con la silueta que permanecía inmóvil en aquel rincón y en ese instante supo que era una anciana.

Sus ojos regresaron a la pantalla donde un mar suicida se arrojaba contra el malecón habanero, mientras el Benny cantaba: «... y cuando tus labios besé, mi alma tuvo paz». Pero la melodía no hizo más que provocarle lo contrario de lo que pregonaba. Buscó refugio en el trago. Pese a su voluntad de olvido, la asaltaban emociones vergonzosas como aquel vértigo de su corazón ante lo que deseaba despreciar. Era un sentimiento que la aterraba. No se reconocía en esos latidos dolorosos que ahora le provocaba aquel bolero. Se dio cuenta de que empezaba a añorar gestos y decires, incluso ciertas frases que detestara cuando vivía en la isla, toda esa fraseología de barrios marginales que ahor se moría por eschuchar en una ciudad donde abundaban los hi, sweetie o los excuse me mezclados con un castellano que, por provenir de tantos sitios, no pertenecía a ninguno.

«¡Dios!», pensó mientras sacaba la aceituna de su copa. «Y pensar que allá me dio por estudiar inglés.» Dudó un instante: no supo si comerse la aceituna o dejarla para el final del trago. «Y todo porque me entró la obsesión de leerme a Shakespeare en su idioma», recordó, y hundió los dientes en la aceituna. Ahora lo odiaba. No al calvito del teatro The Globe, por supuesto; a ése continuaba venerándolo. Pero estaba harta de escuchar una lengua que no era la suya.

Se arrepintió de haberse tragado la aceituna en un arranque de ira. Ya su Martini no parecía un Martini. Volvió de nuevo la cabeza en dirección a la esquina. Allí seguía la anciana con su vaso que apenas tocaba, hipnotizada ante las imágenes de la pantalla. Desde los altavoces comenzó a derramarse una voz grave y cálida, surgida de otra época: «Duele, mucho, duele, sentirse tan sola...». Ay, Dios, qué canción tan cursi. Como todos los boleros. Pero así mismo se sentía ella. Le dio tanta vergüenza que se zampó la mitad de su trago. Tuvo un ataque de tos.

—Niña, no tomes tan rápido que hoy no estoy para hacer de nodriza —le dijo Freddy, que no se llamaba Freddy, sino Facundo.

—No empieces a controlarla —murmuró Lauro, alias La Lupe, que en realidad se llamaba Laureano—. Déjala que ahogue sus penas.

Cecilia levantó la vista de su copa, sintiendo el peso de un llamado silencioso. Le pareció que la anciana la observaba, pero el humo le impedía saberlo con certeza. ¿Realmente miraba a la mesa que ocupaba con sus dos amigos, o más allá, hacia la pista, donde iban llegando los músicos...? Las imágenes se extinguieron y la pantalla fue ascendiendo como un ave celestial hasta perderse en el entramado del techo. Hubo una pausa imperceptible, y de pronto los músicos arrancaron a tocar con una pasión febril que ponía a retozar el alma. Aquel rimo le produjo un dolor inexplicable. Sintió la mordida del recuerdo.

Notó que algunos turistas con aspecto nórdico se habían quedado pasmados. Debía resultarles bastante insólito ver a un joven con perfil de lord Byron tocar los tambores como si el demonio se hubiera apoderado de él, junto a una mulata achinada que agitaba sus trenzas al compás de las claves; y a aquel negro de voz prodigiosa, semejante a un rey africano —argolla plateada en la oreja—, cantando en altibajos que transitaban dessde el barítono operático hasta la nasalidad del son.

Cecilia repasó los rostros de sus compatriotas y supo qué los hacía tan atractivos. Era la inconciencia de su mezcla, la incapacidad —o tal vez la indiferencia— para asumir que todos tenían orígenes tan distintos. Miró hacia la otra mesa y sintió lástima de los vikingos, atrapados en su insípida monotonía.

—Vamos a bailar —le dijo Freddy, tirando de ella.

—¿Estás loco? En mi vida he bailado eso.

Durante su adolescencia se había dedicado a escuchar canciones sobre escaleras que subían al cielo y trenes que atravesaban cementerios. El rock era subversivo, y eso la llenaba de pasión. Pero su adolescencia había muerto y ahora hubiera dado cualquier cosa por bailar aquella guaracha que estaba levantando a todo el mundo de sus sillas. Qué envidia le daban todos esos bailadores que giraban, se detenían, se enroscaban y desenroscaban sin perder el ritmo.

Freddy se cansó de rogarle y haló a La Lupe. Allá se fueron los dos a la pista, a bailar en medio del tumulto. Cecilia tomó otro sorbito de su prehistórico Martini, ya casi al borde de la extinción. En las mesas sólo quedaban la anciana y ella. Hasta los descendientes de Eric el Rojo se habían sumado a la gozadera general.

Terminó su trago y, sin disimulo, buscó la figura de la anciana. Le producía cierta inquietud verla tan sola, tan ajena al bullicio. El humo había desaparecido casi por ensalmo y pudo distinguirla mejor. Miraba la pista con aire divertido y sus pupilas resplandecían. De pronto hizo algo inesperado: volteó la cabeza y le sonrió. Cuando Cecilia le devolvió la sonrisa, apartó una silla en evidente gesto de invitación. Sin dudarlo un instante, la joven fue a sentarse junto a ella.

—¿Por qué no bailas con tus amigos?

Su voz sonaba temblorosa, pero clara.

—Nunca aprendí —respondió Cecilia— y ya estoy muy viejo para eso.

—¿Qué sabes tú de vejez? — musitó la anciana, sonreindo un poco menos—. Todavía te queda medio siglo de vida.

Cecilia no contestó, interesada en aquello que colgaba de una cadena atada a su cuello: una manita que se aferraba a una piedra oscura.

—¿Qué es eso?

¿¡Ah! —la mujer pareció salir de su embeleso—. Un regalo de mi madre. Es contra el mal de ojo. 

Las luces comenzaron a rotar en todas direcciones y alumbraron vagamente sus facciones. Era una mulata casi blanca, aunque sus rasgos delataban el mestizaje. Y no le pareció tan vieja como creyera al principio. ¿O sí? La fugacidad de los reflejos parecía engañarla a cada momento.

—Me llama Amalia. ¿Y tú?

—Cecilia.

—¿Es la primera vez que vienes?

—Sí.

—¿Y te gusta?

Cecilia dudó.

—No sé.

—Ya veo que e cuesta admitirlo.

La joven enmudeció, mientras Amalia sobaba su amuleto.

Con tres golpes de güiro terminó la guaracha y el leve silbido de una flauta inició otra melodía. Nadie se mostró dispuesto a sentarse. La anciana observó a los bailadores que retomaban el paso, como si la música fuera un hechizo de Hamelin.

—¿Viene a menudad? —se atrevió a preguntar Cecilia.

—Casi todas las noches... Espero a alguien.

—¿Por qué no se pone de acuerdo con esa persona? Así no tendría que estar tan sola.

—Yo disfruto este ambiente —admitió la mujer y su mirada auscultó la pista de baile—. Me recuerda otra época.

—¿Y a quién espera, si se puede saber?

—Es una historia bastante larga, aunque podría hacértela corta —hizo una pausa para acariciar su amuleto—. ¿Cuál versión prefieres?

—La interesante —contestó Cecilia sin dudar.

Amalia sonrió.

—Ésa comenzó hace más de un siglo. Me gustaría contarte el principio, pero y a se ha hecho tarde.

Cecilia arañó nerviosamente la mesa, sin saber si la respuesta significaba una negativa o una promesa. A su mente acudieron las estampas de una Habana antiquísima: mujeres de rostros pálidos y cejas espesas, ataviadas con sombreros de flores; anuncios resplandecientes en una calle llena de comercios; chinos verduleros que pregonaban su mercancía en cada esquina. . .

—Eso llegó después —susurró la mujer—. Lo que quiero contarte sucedió mucho antes, al otro lado del mundo.

Cecilia se sobresaltó por el modo en que la anciana había respondido a sus ensoñaciones, pero trató de dominar su ánimo mientras la mujer empezaba a narrarle una historia que no guardaba relación con nada que hubiera leído o escuchado. Era una historia de paisajes ardientes y criaturas que hablaban un dialecto incomprensible, de supersticiones distintas y de etéreas embarcaciones que partían hacia lo desconocido. Vagamente percibió que los músicos seguían tocando y que las parejas bailaban sin detenerse, como si existiera un pacto entre ellos y la anciana para permitir que ambas conversaran a solas.

El relato de Amalia era más bien un encantamiento. El viento soplaba con fuerza entre las altas cañas de un país lejano, cargado de belleza y violencia. Había festejos y muertes, bodas y matanzas. Las escenas se desprendían de algún requicio del universo como si alguien hubiera abierto un agujero por donde escaparan los recuerdos de un mundo olvidado. Cuand Cecilia volvió a tomar conciencia del enorno, y la anciana se había marchado y los bailadores regresaban a sus mesas.

—Ay, no puedo más —suspiró La Lupe, dejándose caer sobre una silla—. Creo que me va a dar una fatiga.

—Lo que te perdiste, m'hijita. —Freddy bebió lo que quedaba en su vaso—. Por estarte haciendo la celta.

—Con esa cara de pasmo no necesita hacerse pasar por nada. Si viene de otro mundo, ¿no la ves?

—¿Pedimos otra ronda?

—Es muy tarde —dijo ella—. Deberíamos irnos.

—Ceci, perdona que te lo diga, pero estás como el yeti...A-bo-mi-na-ble.

—Lo siento, Laureano, pero me duele un poco la cabeza.

—Niña, baja la voz —dijo el muchacho—. No me llames así que después los enemigos empiezan a hacer preguntas.

Cecilia se puso de pie, tanteando el interior de su bolso para sacar un billete, pero Freddy lo rechazó.

—No, esta la noche va por nosotros. Para eso te invitamos.

Besos tenues como mariposas. En la penumbra, Cecilia comprobó de nuevo que la ancian ya no estaba. Sin saber por qué, se resistía a abandonar el local. Caminó despacio, tropezando con las sillas, sin dejar de mirar la pantalla donde una pareja de otra época bailaba un son como ya nadie de su generación sabía bailar. Finalmente salió al calor de la noche.

Las visiones surgidas del relato de la anciana y la evocación de un Habana pletórica de deidades musicales le habían dejado un raro sentimiento de bilocación. Se sintió como esos santos que pueden estar en dos lugares al mismo tiempo.

«Estoy aquí, ahora», se dijo.

Miró su reloj. Era tan tarde que no había portero. Era tan tarde que no había un alma a la vista. La certeza de que tendría que caminar sola hasta la esquina terminó por devolverla a la realidad.

Las nubes se tragaron la luna, pero fueron perforadas por rayos de leche. Dos pupilas infernales se abrieron junto a un muro. Un gato se movía entre los arbustos, atento a su presencia. Como si fuera una señal, el disco lunar volvió a escapar de su vaporoso eclipse y alumbró al felino: un animal de plata. Cecilia estudió las sombras: la suya y la del gato. Era una noche azul, como la del bolero. Quizás por esa razón, volvió a evocar el relato de Amalia.
Daína Chaviano

About Daína Chaviano

Daína Chaviano - La isla de los amores infinitos
Daína Chaviano, nacida en La Habana, es la autora de varias obras de ciencia-ficción y fantasía que la convirtieron en la autora más vendida de ambos géneros en la historia de su país. Cultivó con igual éxito la narrativa tradicional tras salir de la isla, y sus obras han sido traducidas a varios idiomas. Entre sus títulos se cuentan Los mundos que amo, Fábulas de una abuela extraterrestre, País de dragones y El abrevadero de los dinosaurios.

  • La isla de los amores infinitos by Daína Chaviano
  • March 01, 2011
  • Fiction - Contemporary Women
  • Vintage Espanol
  • $16.00
  • 9780307475831

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