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  • Salud total en ocho semanas
  • Written by Andrew Weil, M.D.
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9780307278845
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  • Written by Andrew Weil, M.D.
  • Format: eBook | ISBN: 9780307490407
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Salud total en ocho semanas

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Un programa probado para aprovechar al máximo el poder curativo natural de su cuerpo

Written by Andrew Weil, M.D.Author Alerts:  Random House will alert you to new works by Andrew Weil, M.D.

eBook

List Price: $13.99

eBook

On Sale: November 26, 2008
Pages: 416 | ISBN: 978-0-307-49040-7
Published by : Vintage Espanol Knopf
Salud total en ocho semanas Cover

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Synopsis|Excerpt

Synopsis

En Salud total en ocho semanas, el Dr. Andrew Weil, uno de los médicos más brillantes y respetados de Estados Unidos, nos brinda su famoso programa para mejorar y mantener la salud —el programa preferido de cientos de miles de estadounidenses.

Salud total en ocho semanas concentra toda la pericia del Dr. Weil, tanto en medicina tradicional como alternativa, en un práctico plan que aborda la dieta, el ejercicio, el estilo de vida, la tensión y el medio ámbiente —todos los aspectos de la vida diaria que afectan la salud y el bienestar. El Dr. Weil también nos muestra cómo su programa puede ajustarse a las necesidades específicas de las embarazadas, los ancianos, las personas pasadas de peso y aquéllos que están en peligro de contraer cáncer, entre otros.

En esta edición actualizada, el Dr. Weil ha añadido los hallazgos más recientes acerca de temas tan cruciales como el colesterol, los antioxidantes, las transgrasas, las vitaminas y suplementos, los residuos tóxicos en los suministros alimenticios y los productos derivados de la soya, entre otros.

Salud total en ocho semanas, un libro directo y alentador que promueve la prevención en el sentido más amplio de la palabra, ha demostrado ser —y lo sigue siendo en esta versión actualizada— un título esencial.

Excerpt

1

La gente puede cambiar

Tienes en tus manos un instrumento con el que cambiar tu vida: un Programa de Ocho Semanas para mejorar la salud y acceder al poder de curación espontánea que posee tu cuerpo. Voy a encargarme personalmente de guiarte paso a paso por este programa y de explicarte los cambios que te sugeriré que adoptes en lo referente a la alimentación, el ejercicio físico y la manera correcta de respirar y de aprovechar tu mente. Te recomendaré vitaminas, minerales y hierbas para proteger el sistema curativo de tu cuerpo y también te daré ideas para cambiar aquellos modelos arraigados de conducta que van en perjuicio de la salud óptima.

Tal vez hayas escogido este libro porque quieras tener más energía, o quizá simplemente desees perder un poco de peso. Tal vez te preocupe la idea de hacerte mayor y desarrollar enfermedades como las que dejaron incapacitados a tus padres. O quizá seas una de esas personas que viaja con frecuencia y encuentra dificultades para mantener un estilo de vida saludable fuera de casa. Es posible que padezcas una enfermedad crónica, más o menos importante, y quieras reducir tu dependencia de los medicamentos. Pero, sea cual sea la naturaleza específica de tus necesidades o preocupaciones, la información que he resumido en estas páginas te ayudará a hacer uso de los propios recursos de que goza tu cuerpo para lograr una salud natural.

El Programa de Ocho Semanas se compone de pequeñas etapas que se suman unas a otras hasta que, una vez finalizado el recorrido, te permiten sentar las bases para llevar una vida saludable. A partir de ese momento, podrás decidir qué proporción del programa quieres mantener de un modo permanente en el futuro. Doy por sentado que te interesa establecer cambios en tu vida pues, de otro modo, no estarías leyendo este libro. Mi función en la consecución de tu objetivo creo que consiste en indicarte la dirección correcta. No dudo en absoluto de tus posibilidades para cambiar, ya que sé por propia experiencia que la gente lo consigue cuando desea de verdad el cambio.

Hace poco, mientras reordenaba unos papeles, me encontré con un artículo que había recortado del New York Times y que ya estaba un poco amarillento. Era del 12 de agosto de 1971 y se titulaba: «Médico carnívoro de 230 libras convertido en vegetariano de 175 libras». El artículo aparecía en la sección de Gastronomía-Moda-Hogar del periódico y estaba firmado por Raymond A. Sokolov, que entonces era comentarista de la sección culinaria del Times. Hablaba de un médico que residía en la Virginia rural y que tras dejar los alimentos de origen animal, a excepción de los derivados lácteos, había aumentado su energía, bienestar y salud en general. Aparecía una fotografía del médico tomada en la cocina de su casa mientras preparaba maíz fresco. Tenía una poblada barba negra, llevaba vaqueros y camisa de trabajo y su aspecto denotaba satisfacción. Junto a la fotografía se detallaba la receta para una densa sopa de maíz con leche y mantequilla junto a otra para elaborar un guiso de cebada y verduras que necesitaba un cuarto de taza de aceite de cacahuete. Según el artículo, el estudio de la conciencia humana le había llevado a experimentar con el yoga y la meditación y «puesto que el yoga requiere una dieta vegetariana, había tenido que dejar de comer carne para no caer en incongruencias. Desde entonces era vegetariano, para asombro de sus amigos, que lo recordaban como un voraz consumidor de carne y una persona gorda en sus tiempos de Harvard... Tras un año con la nueva dieta bajó de 230 a 175 libras y sus constantes resfriados y alergias se desvanecieron…».

Mi barba ya no es negra y no he sido capaz de mantener el peso en 175 libras. De hecho, sigo siendo vegetariano (he comido pescado durante los últimos veinte años), pero ahora he dejado de preparar esas densas sopas con leche y mantequilla, y de emplear aceite en tales cantidades; ni tan siquiera cocino con aceite de cacahuete. Creo que con los años me he vuelto más sabio y puedo decir que, en general, me siento mucho más feliz ahora que cuando tenía veintinueve años.

Aquel año marcó una línea divisoria en mi vida. En julio de 1970 dejé un trabajo frustrante en el Instituto Nacional de Salud Mental y abandoné la medicina profesional para escribir mi primer libro,* razón por la cual adopté un montón de cambios en mi forma de vida aparte de dejar de comer carne. Por primera vez viví solo en un entorno natural bastante apartado de una gran ciudad. No tenía que ir a la oficina, ni cumplir con ninguna obligación. Comenzaba el día sentándome a hacer meditación todo el rato que podía aguantar, lo cual no era demasiado por aquella época. Daba largos paseos por el bosque, practicaba posturas de yoga por las tardes, escribía y leía sobre diversos temas que me interesaban, desde chamanismo indígena a hongos u otros alimentos silvestres. En agosto de 1971, me aproximé a otra transición importante en mi vida. El artículo del New York Times también decía: «El doctor Weil viajará a la selva amazónica este otoño para realizar una prolongada visita a algunas tribus primitivas con una beca del Institute of Current World Affairs (Instituto de Asuntos Mundiales de Actualidad), una fundación neoyorquina».

* Para las notas numeradas, véase las notas bibliográficas al final del libro, págs. 371–387 (N. del E.).

Disfruté de esa beca entre 1971 y 1975, y aquellos viajes quedaron plasmados en un trabajo anterior. En otro libro, La curación espontánea, describo mi búsqueda de un chamán en Colombia durante ese período y explico cómo mis estudios de etnobotánica y medicina en Harvard me llevaron a querer descubrir el bosque tropical, conocer sanadores indígenas e intentar comprender la fuente de la curación. De hecho, quería aprender a ayudar a las personas a estar sanas y a mantener la salud sin necesidad de emplear los métodos agresivos y supresores de la medicina convencional, así que pensé que el conocimiento que me hacía falta lo encontraría en las remotas montañas y selvas, alejadas de las aulas y clínicas. Tracé un plan que consistía en viajar hasta el sur de México y aprender español, con el propósito de dirigirme después a Colombia, Ecuador y Perú donde conviviría con los indios y aprendería sus conocimientos sobre las plantas y la curación.

Sabía que el viaje sería difícil pues, cuando tomé esta decisión, no estaba preparado en absoluto, ni física ni mentalmente, para poner en práctica una aventura de este tipo. Había crecido en un barrio residencial de Filadelfia con pocas posibilidades de contacto con la naturaleza, y menos aún con la selva. Me marché de Filadelfia para ir a estudiar a la Universidad de Boston y después concluí mis prácticas como interno en San Francisco: más experiencias urbanas de puertas adentro. No me sentía demasiado cómodo en el exterior. Los insectos me irritaban y no soportaba el sol, ya que tenía la piel muy blanca y nunca conseguía ponerme moreno; sólo me quemaba. Esto lo aceptaba como un rasgo hereditario que nunca desaparecería. Aunque era capaz de concentrarme lo suficiente para sacar bien los estudios, me sentía inquieto, era susceptible al aburrimiento y me moría de ganas de distraerme. Se me podía definir como una persona sedentaria, odiaba el ejercicio y, puesto que además me gustaba comer, tenía exceso de peso. Mi dieta era irregular y poco consciente. Comía cualquier cosa en grandes cantidades, incluidos alimentos con alto contenido en grasa. Por otro lado, era consumidor habitual de alcohol y Coca-Cola.

Aunque no parecía tener ningún problema importante de salud, sabía por mi manera de resoplar y jadear cuando subía las escaleras que mi estado cardiovascular no era bueno. Tenía alergia al polen, sobre todo en verano, y también reacciones alérgicas a ciertos medicamentos y a algunos alimentos. A veces me salían urticarias sin motivo aparente y de vez en cuando padecía terribles migrañas.

Así pues, estaba claro que me hacía falta cambiar si quería partir por mi cuenta con destino a tierras y pueblos desconocidos en los Andes y en la cuenca del Amazonas. Muchos de mis amigos no podían imaginarse siquiera que me lanzara a algo tan atrevido, pero yo estaba decidido a hacerlo, pues pensaba que era la única manera de convertirme en un verdadero médico, en uno que pudiera trabajar con el poder sanador de la naturaleza. Ahora, cuando pienso en todos los cambios que hice durante el año anterior a mi marcha, no tengo la impresión de que me resultaran duros, a pesar de que me vi obligado a abandonar hábitos de toda una vida y a adoptar nuevas formas de ser. Mis recuerdos de ese año incluyen mucha diversión y descubrimientos junto con la sensación gratificante de la realización. Cuando contemplo fotografías anteriores y posteriores de mí mismo, me quedo asombrado del cambio que experimenté. No sólo perdí peso y me dejé la barba, sino que también me volví consciente de mi fuerza y flexibilidad. Me sentía mucho más a gusto conmigo mismo y con la naturaleza y, de forma casi milagrosa, incluso me vi capaz de tenderme al sol y broncearme por primera vez en mi vida. Las alergias y los dolores de cabeza desaparecieron, por lo que cuando llegué al sur de México, me sentía mejor que nunca: lleno de energía y dispuesto a sumergirme en aguas desconocidas.

Mi difunto amigo y mentor, Norman Zinberg, un psicoanalista de Harvard, conservaba esa foto mía del New York Times y una más reciente para rebatir las opiniones de quienes decían que la gente no puede cambiar de modo permanente. Su profesión tenía que ver con prestar ayuda a los pacientes para que abandonaran modelos disfuncionales de pensamiento y de conducta, una labor nada fácil. Como médico y director de un programa universitario de medicina integrativa, me encuentro ahora en la misma situación. Los pacientes me vienen contando calamidades y en vez de ofrecerles curas milagrosas, les digo que deben cambiar su dieta, hábitos de ejercicio, la forma de enfrentar al estrés e, incluso, la respiración. Por fortuna, los que acuden a mí se han seleccionado a sí mismos. Comparten conmigo la filosofía de la salud y la sanación y están sumamente motivados para asumir la responsabilidad de su bienestar. Buscan consejos para saber qué hacer y, una vez que lo obtienen, actúan en conformidad. Por desgracia, la mayoría de los médicos tienen que tratar con pacientes que no están tan motivados y que buscan remedios rápidos, ya que prefieren tomar un medicamento recetado por el doctor que cambiar de conducta.

Pero sé por mi experiencia como médico que muchas de las quejas habituales que se plantean en nuestros días responden mucho mejor a ajustes sencillos en el estilo de vida que a las medicinas. Desde luego puedes medicarte de un modo regular con calmantes si eres propenso a los dolores de cabeza, con antihistamínicos si tienes alergias, con antiinflamatorios si tienes artritis o con sedantes si no puedes dormir, pero, cuánto más preferible no sería solucionar estos problemas modificando la dieta y los patrones de actividad y descanso y empleando remedios naturales. El Programa de Ocho Semanas presentado en este libro te ofrece toda la información para conseguir eso y más. Reforzará y protegerá el propio sistema curativo de tu cuerpo, que es tu mejor defensa contra la enfermedad, contra el estrés de la vida moderna y contra las agresiones de un entorno tóxico.

No pretendo restar importancia a la dificultad que entraña esta transformación. La inercia es la resistencia al movimiento, a la acción o al cambio. Igual que los cuerpos físicos en reposo tienden a permanecer en reposo, mientras los que están en movimiento tienden a permanecer en movimiento, siempre en línea recta a menos que acusen la acción de fuerzas externas, los cuerpos humanos se resisten a cambiar. La inercia es una característica general tanto de las cosas vivas como de las no vivas. Si alguna vez has intentado modelar un bloque de arcilla fría o la masa del pan, habrás visto la constancia y esfuerzo que se necesitan para que se vuelvan manejables y dúctiles. En estos casos la fuerza externa proviene de esas diestras manos, con experiencia en trabajar la arcilla y la masa y superar su inercia.

Muchas personas quieren rehacer su vida pero no pueden imaginarse cómo conseguirlo sin ayuda externa. Sólo con que unas manos ejercitadas aplicaran la fuerza necesaria para darles el empujoncito que necesitan para ponerse en marcha, lo conseguirían, pero, por sí solos, se mantienen en las rutinas habituales. La respuesta a este problema común es la motivación. Esta palabra deriva de la forma latina del verbo «mover». Si estás motivado para procurarte una mejor salud, lo único que necesitas es conseguir información práctica. El Programa de Ocho Semanas es un plan completo con el que podrás alcanzar tu objetivo. Si estás motivado para leer este libro e iniciar el programa, no necesitas más ayuda externa.

Permíteme que comparta contigo algunas observaciones sobre el poder de la motivación para romper incluso con uno de los hábitos más pertinaces e insalubres: la adicción a las drogas. A lo largo de los años, he trabajado con mucha gente que pugnaba contra su conducta adictiva: fumadores, bebedores, consumidores compulsivos de cocaína, heroína, café y chocolate (así como jugadores, comilones o consumidores compulsivos). He aprendido que cualquier adicción se puede superar si las personas están motivadas para hacerlo. Incluso la adicción a una sustancia como la heroína, una droga «dura», se abandona con facilidad cuando los consumidores desarrollan la motivación suficiente para dejarla. El problema, por supuesto, está en que los terapeutas y los programas no son capaces de meterles la motivación en la cabeza, y muchos adictos, a pesar de apuntarse a programas o acudir a terapias, en realidad no quieren dejar su hábito, por mucho que digan.

La adicción al tabaco es la causa más común de enfermedad grave, susceptible de ser evitada, en nuestra sociedad. Como médico, a menudo estoy en condiciones de intentar convencer a los fumadores de que tienen que intentar romper con su adicción; como investigador de las drogas y del abuso de drogas, sé que los cigarrillos son la sustancia más adictiva del mundo. Sin embargo, he conocido a mucha gente que lo deja con éxito y pasa siempre. ¿Cómo lo consiguen?

Muchos fumadores empedernidos lo han intentado sin éxito en una o dos ocasiones antes de conseguirlo finalmente. Algunos dicen que durante sus primeros intentos experimentaron un intenso malestar físico y psicológico, pero que cuando por fin lo dejaron, no les supuso ninguna lucha. Un hombre me explicó que un día se despertó, buscó el primer cigarrillo de la mañana y de repente se quedó mirando sus dedos manchados y el cenicero sucio como si los viera por primera vez. En ese momento comprendió que había llegado al límite. Lo dejó sin que le supusiera esfuerzo alguno y desde entonces no ha vuelto a fumar. «Lo comprendí, y no me resultó difícil. Supe que no volvería a fumar».

¿Qué nos revelan estas historias sobre la posibilidad de cambiar de conducta? Mi interpretación es que la clave está en la motivación: cuando se llega a un punto crítico, superar incluso la adicción a la droga más dura puede resultar fácil. Pero la manera en que nuestra motivación evoluciona hasta llegar a ese estado no es sencilla ni obvia.

Las investigaciones sobre la adicción al tabaco indican que el hecho de intentar dejarlo es el mejor pronóstico del éxito final, incluso si ese intento preciso no da resultado. Por ese motivo, siempre les pregunto a los fumadores que vienen a verme si han intentado dejarlo alguna vez, y les insto a fijar una fecha para intentarlo, lo que significa comprometerse a cambiar de conducta y da la medida de su motivación; si se consigue o se fracasa, eso es menos importante que el hecho de haberlo probado. Aunque se vuelva a fumar al cabo de una semana, el esfuerzo no deja de tener mérito. De hecho, el esfuerzo aumentará la reserva de motivación que un día será suficiente para iniciar el cambio repentino que permitirá dejar los hábitos sin excesivo desvelo. Tal es el poder de la motivación, aunque debe surgir de uno mismo. Seas terapeuta, asesor, amigo o familiar de un adicto, lo único que puedes hacer es darle buenas razones para cambiar de conducta, además de apoyo y ánimo.

Este libro trata simplemente del cambio de conducta. Probablemente no seas un adicto a las drogas, pero quizá tengas otros hábitos que elevan el riesgo de que contraigas una enfermedad y te impiden experimentar una salud óptima. Quizá te gusten los alimentos con un alto contenido en grasa y no comas verduras, o tal vez nunca hagas ejercicio y tomes demasiado café. También puede ser que tus relaciones no te satisfagan, o vivas abrumado por la angustia o la depresión. Ahora bien, puedes cambiar de conducta para protegerte y reforzar las capacidades curativas naturales de tu cuerpo y, puesto que estás leyendo este libro, sé que ya estás motivado para hacerlo.

Yo era una persona sedentaria y alérgica, con exceso de peso, que anhelaba distracciones y se sentía incómoda al entrar en contacto con la naturaleza, pero fui capaz de alterar por completo mi forma de ser con relativa facilidad porque quería de verdad hacer algo que exigía que yo cambiara. Sabía que no podía iniciar el viaje a Sudamérica tal y como era entonces; mi deseo de llevarlo a cabo me inspiró a trabajar sobre mí mismo, y ese deseo me importó más que las ventajas que me reportaban mis modelos establecidos de vida.

Este es un punto importante. Si simplemente condenas una conducta no deseada sin reconocer lo que obtienes al dejarla, tal vez no seas capaz de abandonarla, por mucho daño que te produzca. Para poder cambiar de conducta y tomar una decisión al respecto, debes tener claro la satisfacción que te reporta esa conducta así como lo que te está costando. Usemos de nuevo el ejemplo de fumar. Es muy fácil verlo sólo como un hábito despreciable, poco saludable, sin ningún aspecto recomendable, pero a un fumador los cigarrillos le proporcionan placer, alivio de la tensión nerviosa, una mejor concentración y sensación de bienestar, aunque sea temporal. Una mujer lo explicó de la siguiente manera cuando aún se encontraba luchando contra su adicción: «Los cigarrillos son mis amigos o tal vez debería decir mis amantes. Mi relación con ellos es muy íntima y la idea de no volver a disfrutar de ellos me desconsuela como si fuera a perder a mi amante». Para dejar de fumar tendría que recibir un estímulo lo suficientemente grande como para compensar esa pérdida.

Pues bien, es obvio que el miedo puede ser un importante motivador. La amenaza de muerte inminente consigue que la gente deje de fumar en el acto, sin importar que los cigarrillos sean sus «amigos» o «amantes». La posibilidad de un divorcio puede llevar en último término a los cónyuges a mejorar la calidad del tiempo que pasan juntos. El miedo a tener que abandonar la universidad puede motivar a un estudiante a aplicarse y estudiar. Por lo tanto, evitar el desastre puede ser una compensación más adecuada de cara a abandonar un hábito estimado o un modelo de comportamiento profundamente arraigado. Sin embargo, en el ejemplo que doy, extraído de mi propia experiencia, la recompensa no era evitar un resultado negativo sino, más bien, disfrutar de un resultado positivo: conseguí embarcarme en mi aventura latinoamericana y viví experiencias maravillosas que no cambiaría por nada.

Aunque reconozco la eficacia del miedo para facilitar un cambio de conducta, creo que buscar un refuerzo positivo (una recompensa de la que disfrutar) es mejor que procurar el refuerzo negativo (evitar algo que no quieres experimentar), porque la investigación nos demuestra que el refuerzo positivo es mejor para mantener una nueva conducta. Si el miedo es tu motivador, una vez que éste se atenúa, también se atenúa la motivación. El miedo además puede paralizarte, impedirte todo movimiento. Prometo que no te asustaré para que sigas mi Programa de Ocho Semanas. En vez de eso, te describiré las verdaderas recompensas que te esperan si lo concluyes y lo incorporas como parte de tu vida.

Como advertirás, tampoco te pediré que dejes muchas cosas. No te pediré que dejes de comer carne o de tomar café o alcohol, ni diré una sola palabra sobre dejar de fumar. Tampoco tendrás que dejar el sexo o el chocolate si sigues este programa. Lo único que te voy a pedir es que incluyas conductas positivas, que refuerces y amplíes hábitos que probablemente ya practicas, hábitos de alimentación, ejercicio físico, respiraciones, que emplees tu mente y alimentes tu espíritu. Dejaré en tus manos la opción de moderar o eliminar cualquier conducta poco saludable. A medida que seas más consciente del sistema curativo de tu cuerpo y tu responsabilidad de protegerlo, creo que lo decidirás con naturalidad, sin forzar el cambio.

Para resaltar la posibilidad de cambio en la gente, me gustaría citar algunas cartas que he recibido. La primera es de T. J. de Minnesota:

Hace seis años (ahora tengo veintisiete), los médicos me diagnosticaron esa horrible enfermedad que empieza por C, y me sonó como una sentencia de muerte. (Era cáncer de huesos.) Decidieron que ellos eran las autoridades y yo la víctima, por lo que el único camino posible a seguir era el suyo. Salí de la consulta para no volver jamás y empecé a montar en bici (unas 500 millas a la semana), a correr (unas 60 millas a la semana) y a comer fruta fresca, zumos y cereales integrales… nada más. Es una pena que no haya más gente que reconozca lo que un poco de libre determinación y el empleo del subconsciente puede hacer para devolver la salud a una persona. Dentro de seis semanas me licenciaré en educación física y fisiología, además de obtener una diplomatura en psicología. Espero trabajar en el desarrollo de programas que ofrezcan a otras personas vías alternativas para recuperar la salud y la integridad física. De gran inspiración fue saber que existen médicos que creen que la curación puede venir de dentro de la persona, no meramente de ellos. ¿Qué distancia hay de Minnesota a Arizona? Creo que iré en bici hasta allí una vez que me haya licenciado para vivir en un clima que les guste un poco más a mis articulaciones.

La carta siguiente es de Barbara Levy Daniels, abogada de Williamsville, Nueva York:

Soy una mujer sana que ha llegado a la cincuentena y que ha pasado los últimos doce años buscando asesoramiento médico por una enfermedad de tipo reumático. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, los médicos occidentales me decían que tenía artritis reumatoidea y que el tratamiento más efectivo era la medicación antiinflamatoria. Pero eso no conseguía aliviar mis articulaciones hinchadas ni mi intensa fatiga.

Con los años se hizo evidente que la mayoría de los médicos no tenían ni idea de cómo ayudarme, aparte de darme medicinas. Nunca me hablaron de dietas, vitaminas ni ejercicio físico.

Ahora he eliminado de mi alimentación los derivados lácteos, los edulcorantes artificiales, la cafeína y las frutas ácidas, y sigo una dieta vegetariana. He seguido su sencilla fórmula vitamínica y me he sometido a varios tratamientos de acupuntura. Practico ejercicio cada día y una vez al mes acudo a una sesión con un masajista.

He seguido esta rutina durante cinco meses más o menos y me siento mucho mejor. La fatiga matinal prácticamente ha desaparecido al igual que el dolor en múltiples articulaciones. Vuelvo a sentirme como antes.

Si fueran más los médicos que trabajaran de esta manera, los costos de la atención sanitaria se reducirían considerablemente.

Y la siguiente es de Shelley Griffith de Massena, Nueva York:

Después de la trágica muerte (suicidio) de mi hijo de veinte años, me sumí en un ritmo de vida que mandó mi salud por la ventana. Entonces, mientras buscaba una guía que me ayudara a obtener un físico saludable, encontré su libro por casualidad. Y ¡premio! (¡Ah!, por aquellos días me visitaba un médico convencional y no volveré más.) Sus sistemas para elevar la conciencia son tan adelantados con respecto a la estéril metodología occidental, nada espiritual, que cualquiera con una mínima visión de conjunto tomaría nota. En definitiva, que empecé a acudir a lugares en los que encontraba energía espiritual: estuve en retiros, visité lugares sagrados y participé en ceremonias curativas. Eso me aportó la capacidad de renunciar al dolor que había impregnado tan profundamente mi cuerpo físico. Necesitaba el Programa de Ocho Semanas para desprenderme de la toxicidad acumulada. Empecé a poner flores en las habitaciones, suprimí todos los aceites vegetales, compré aceite de oliva y adquirí la costumbre de cocinar con ajo (fácil para mí ya que soy ítalo-francesa). También tomé por costumbre frecuentar el establecimiento de productos dietéticos para adquirir harinas, cereales y legumbres orgánicos. Rebajé la cantidad de proteínas animales y comencé a beber té verde. Tomo equinacea y practico ayunos de noticias. La respiración profunda casi ha conseguido eliminar mi dolor, aflicción y angustia. La depresión ha aminorado considerablemente, he bajado de peso, el dolor de pecho ha desaparecido y mi sistema circulatorio ha recuperado el equilibrio. También tomo algunos de los tónicos que usted recomienda, especialmente jengibre y dong quai. Estoy aprendiendo todo lo que puedo.

Desde que se publicó el libro por primera vez, miles de personas han realizado el Programa de Ocho Semanas completo y han seguido aplicándolo después. Muchas de ellas comenzaron el proceso en Internet, donde www.drweil.com sigue ofreciendo «Mi Plan de Salud Total» (My Optimum Health Plan, MOHP), una manera muy popular de participar en línea con los demás y seguir las distintas fases del programa. He recibido cartas de gente de todo el mundo en la que explican su éxito, y también la sensación de vacío cuando llegó el fin de las comunidades virtuales de las Ocho Semanas. A continuación puedes leer dos ejemplos recientes:

Jen Mosaic, una escritora de Mendocino, California, dice que el programa ha afectado su vida en todos los aspectos, sin excepción:

Antes, siempre pensaba en la alimentación saludable como una negación: si no como carne roja, si no como alimentos grasos, entonces mi alimentación es saludable. El plan me enseñó una manera más positiva de pensar en la comida. Tiene más que ver con adoptar las cosas buenas —las frutas y vegetales, los antioxidantes, las grasas buenas— que con evitar lo malo.

Junto con la dieta, tomo suplementos, incluido el refuerzo inmunitario a base de hongos y astrágalo. Solía enfermarme una vez al mes. Ahora suele ser más bien una vez al año, como mucho. Empezar a hacer ejercicio fue otro cambio importante. La verdad, antes no hacía nada, pero ahora intento caminar cada día durante cuarenta y cinco minutos, balanceando los brazos al tiempo que ando. Lo llamo el Paso Weil. Cuando hace mal tiempo, utilizo un video que es una especie de combinación de danza y caminar, y de verdad funciona bien. Suelo tener dolores de espalda, así que me he tomado el yoga en serio. Cuando tengo ataques, es lo que de verdad me sirve. También tengo problemas respiratorios. De niña tuve asma, y mi madre murió de enfisema. El doctor Weil recomienda poner por escrito la historia familiar, y así lo hice, y decidí concentrarme en la respiración mediante los ejercicios. ¡Qué diferencia! Ahora me siento tan viva, y buena parte de ello lo atribuyo a la respiración.

Espiritualmente, ahora me considero budista. La meditación, el yoga, los ejercicios de respiración, todos encajan en esa tradición, y todo ello lo he iniciado gracias al doctor Weil. Toda la vida había estado en una búsqueda espiritual; el budismo es lo que tiene más sentido para mí.

Hay dos cosas importantes que quiero recalcar. En primer lugar, siento que uno de los mayores dones que he recibido es la capacidad de transmitir todo esto a mi hija. Cuando ella estaba aquí en mi casa, hacía muchos de los ejercicios y acabó asimilando la filosofía y, por supuesto, se alimentaba de esta manera. Ahora que se encuentra en la universidad, está claro que el cambio es permanente. Me llama constantemente por teléfono y dice, «La comida del colegio mayor es asquerosa. ¡Esta tarde me voy a comprar algo más orgánico!»

Además, como crecí en una familia con numerosas disfunciones, nunca creí que estuviera bien cuidar de mí misma. Nunca se me habría ocurrido a mí cortar flores para casa, para disfrutar de ellas. Me educaron para que pensara que eso era egoísta. Pero el doctor Weil me enseñó que no puedes dar a los demás si te sientes desgraciada el día entero. Sólo cuando te cuidas a ti misma puedes tener energía, buen talante y salud para ocuparte del resto del mundo. Comprender eso, para mí fue un milagro.

Maya Smith, maestra de preescolar en Toronto:

Cuando cumplí cincuenta años, pasé por una etapa en mi vida en la que podría decirse que me sentía desconectada en cierto modo. Tenía exceso de peso y estaba llena de granos a causa de la rosácea. Fui a almorzar con unos amigos, y alguien tomó una foto. Cuando me dieron una copia de la foto, pensé, santo cielo, quién es esta persona, tengo un aspecto terrible, ¿qué ha sucedido aquí? No sólo no me gustó lo que vi físicamente sino que mis ojos parecían vacíos, como si no tuviera espíritu. Supongo que había estado tan ocupada con otras cosas que me había abandonado un poco.

Mi preocupación no era una cuestión de vanidad. Mi padre había muerto de un ataque al corazón a los cincuenta y dos años, y mi hermano había muerto por las complicaciones de una diabetes a la edad de sesenta y tres. Mi madre además tiene muchos males crónicos como artritis y diverticulosis. Quería envejecer sintiéndome sana y sintiendo que controlaba mi vida.

Bien, por aquella época salía a pasear al perro —un perro grande— y en una ocasión se chocó conmigo y me rompí una pierna. Mientras hacía terapia de rehabilitación, empecé a leer muchos libros y a investigar en Internet, y me enteré de que existía Salud total en ocho semanas. Se ocupaba de todas las áreas que yo quería cambiar. Seguí el programa semana a semana y he continuado con el programa desde entonces.

Durante los dos siguientes años, perdí más de quince kilos sin hacer dieta alguna. Este año voy a cumplir sesenta años, y no he recuperado nada de peso gracias a que sigo las recomendaciones del doctor Weil. Creo que estoy más joven con sesenta años que con cincuenta. Mi rosácea ha desaparecido. Tengo mucha más energía. Pasé la menopausia sin medicamentos; no fue ningún problema, en absoluto, ni siquiera tuve sofocos. Soy miembro de la Sociedad Taoísta de Tai Chi, y paseo mucho al perro para que los dos hagamos ejercicio. Hace poco fui a hacerme un examen de los huesos, ¡y dijeron que tenía los huesos de una veinteañera!

En lo referente a la dieta, rebajé el consumo de carne, de productos lácteos y de pasta. Mi familia empezó a comer más frutas y verduras, productos de soja, cereales integrales, aceite de oliva, salmón; todo lo que aparece en el libro. De hecho ha sido maravilloso para todos nosotros. Mi marido es el cocinero de la familia. Prepara el 90 por ciento de las comidas, y a todos nosotros, incluidos mis hijos mayores, nos gusta comer bien. Creo que buena parte del problema era ingerir demasiada pasta y carbohidratos refinados; ahora comemos pasta integral tal vez una vez a la semana. Por lo general sigo los consejos del Dr. Weil en lo referente a los suplementos.

Vivimos en los alrededores de Toronto, donde el invierno es una estación larga. Recibimos con ganas la primavera y nos encanta tener tulipanes y narcisos en macetas en la casa y, más tarde, cortamos flores del jardín y de los campos próximos. O sea que nos gustan las flores y hacemos el esfuerzo de tenerlas en casa. El libro contiene muchos buenos consejos para manejar el estrés, los cuales he aprovechado bien.

Participo bastante en los tableros de mensajes de www.drweil.com y he conocido allí gente maravillosa, de ideas afines. Una persona incluso viajó desde Chile a Toronto, y pudimos conocernos en persona. También mantengo contacto regular vía correo electrónico con otra gente.

Lo que me gusta del plan es que es un proceso que se da paso a paso, y cada paso tiene algo que te hace sentir bien; no es que tuvieras que esperar ocho semanas para obtener resultados. Mientras lo hacía, y también después, sentía como encontraba todo un equilibrio: los aspectos físicos, mentales y espirituales. Cambió mi persona. Me siento genial y controlo mi vida. Estoy verdaderamente agradecida al doctor Weil.
Andrew Weil, M.D.

About Andrew Weil, M.D.

Andrew Weil, M.D. - Salud total en ocho semanas

Photo © John R. Ziemann

Andrew Weil, M.D. is the author of ten previous books, including Spontaneous Healing, Eight Weeks to Optimum Health, Eating Well for Optimum Health, and, with Rosie Daley, The Healthy Kitchen. A graduate of Harvard Medical School, he is clinical professor of medicine and director of the Program in Integrative Medicine at the University of Arizona. He writes Self Healing, a monthly newsletter, and maintains the Web site DrWeil.com. More of his work on aging can be found at www.healthyaging.com. He lives in Arizona.

Also available from Random House Audio, read by the author; in a Random House Large Print edition; and from Vintage Español, a division of Random House.

The Healthy Kitchen with Rosie Daley is available in Knopf paperback.
Praise

Praise

“Es el pionero de la medicina integrativa, la cual combina métodos clínicos tradicionales con curaciones alternativas y remedios herbales... Él ha tocado un nervio de la medicina”. —USA Today

  • Salud total en ocho semanas by Andrew Weil traducido por Rosa Arruti
  • January 09, 2007
  • Health & Fitness - Healthy Living
  • Vintage Espanol
  • $16.95
  • 9780307278845

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