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  • Cuentos Folkloricos Latinoamericanos
  • Edited by John Bierhorst
  • Format: Trade Paperback | ISBN: 9780375713972
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 (Spanish)
Cuentos Folkloricos Latinoamericanos

Fábulas de las tradiciones hispanas e indígenas

Edited by John BierhorstAuthor Alerts:  Random House will alert you to new works by John Bierhorst

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Synopsis|Excerpt

Synopsis

Extendiendo a veinte países y quinientos años, desde los mitos coloniales más tempranos hasta los cuentos orales coleccionados en el siglo veinte desde el sur de California, Florida, Texas y Nuevo México, EE.UU., Cuentos Folklóricos Latinoamericanos es la primera antología publicada en español representante de la tradición folklórico de América hispanohablante en su totalidad.

Incluido en ésta colección panorámica, hay relatos con origen en la Europa medieval, el Medio Oriente anciano, y la América precolombina. Los personajes esenciales del mundo de antigüedad son el hombre tranquilo cuya esposa conoce el diablo y las tres hijas que roban la tumba de su padre. También se encuentra el trágico informe Mexicano desde el siglo diez y seis sobre Moctezuma, el rey Azteca destinado a confrontar y ser destruido por la conquista, y un cuento moderno desde Los Angeles, sobre un esposo que realiza su promesa ser sepultado en vivo con su esposa.

Colocado en forma de un velorio, el más común foro público de contar cuentos, Cuentos Folklóricos Latinoamericanos conserva los matices y expresivos idiomáticos de esos narradores originales cuando nos proveen unos de los más provocativos e emotivos cuentos desde la tradición oral.

Traducción de José Lucas Badué

Excerpt

Prólogo:

Las leyendas del inicio

de la época virreinal

La gente dice que los muertos están muertos,

pero están demasiado vivos.

--proverbio México (cora)

La historia de la Conquista es la historia fundamental de América Latina, centralizada en México y el Perú, pero compartida a través de las fronteras nacionales como una herencia común. La historia del mundo no tiene ningunos relatos parecidos que hablen del choque de culturas y un resultado que significó pérdidas irremediables. En los últimos días del siglo XVI, el conquistador Bernardo Díaz del Castillo -quien había participado en estos sucesos- pudo recordar cuando Hernán Cortés y sus hombres entraron en la capital azteca, con sus muchas torres y templos: «Dijimos que se parecían a las cosas encantadas de que habla el libro de Amadís», y se preguntaron si era todo un «sueño». Medio mundo más lejos y dos siglos después, el poeta inglés, Alexander Pope, en una de sus reflexiones poéticas, argumentó, en favor de la armonía mundial así:

El Perú una vez fue más que una raza de reyes,

Y otros Méjicos estaban cubiertos de oro
,

confiado en que los lectores entenderían lo que quiere decir. Dicho y redicho por los que estudian documentos, las fábulas tienen una vida independiente en la legendaria tradición popular de los aborígenes, la cual no es tan bien conocida como los más plausibles recuerdos -si bien no de menor colorido- de los testigos europeos. Los recuentos folklóricos son dignos de tenerse en cuenta no sólo porque tomaron forma tan pronto sucedieron, sino más aún por la forma en que eliminaron la Conquista de la historia de occidente, colocándola en la esfera de la profecía del aborigen americano. Es decir, los narradores indígenas nos hacen ver que el episodio fue dictado de antemano. Ya sea esto visto como un acto de resignación o de desafío, es evidente que les da el control a los aborígenes. Como comparación, unos pocos indicadores (históricos) del lado europeo son ofrecidos aquí.

En 1502, durante el cuarto viaje de Cristóbal Colón, se estableció contacto con una canoa maya dedicada al comercio en la bahía de Honduras; el mismo año en que Moctezuma ascendió al trono de México. En 1518, la expedición de Juan de Grijalva tocó tierra firme en Cuertaxtlán, un puesto de avanzada del imperio azteca, y de ahí llegaron informes a la corte de Moctezuma de que había extranjeros en la costa. Hernán Cortés y su ejército desembarcaron en 1519 y enseguida comenzaron a avanzar, llegando a la capital en la mañana del 8 de noviembre, cuando al fin tuvo lugar el famoso encuentro entre él y Moctezuma. Algunos meses después, los españoles fueron expulsados, pero regresaron y cercaron la ciudad hasta que fue vencida en el mes de mayo de 1521. Más tarde, Cortés fue recompensado por la corona española y nombrado Marqués del Valle de Oaxaca. En la terminología indígena, Cortés es llamado «el marqués», o a veces, «el capitán».

Como trasfondo, se debe hacer mención de que los aztecas -es decir, los nahuas del siglo XVI -no se consideraban gente de la antigüedad. Según sus propias tradiciones, ellos eran advenedizos al valle de México, desplazando así a los toltecas quienes habían gobernado la región desde la antigua capital llamada Tula, ochenta kilómetros al norte. Se dice que el último o penúltimo rey de Tula, el dios-héroe Quetzalcóatl, se marchó a la costa del este, donde desapareció en el mar, prometiendo regresar algún día. Posiblemente, los españoles que se aparecieron en el litoral oriental con sus armas de fuego y otros varios pertrechos maravillosos, eran toltecas que regresaban. Por lo tanto, Moctezuma, al no querer arriesgarse, se dirigió a Cortés como si éste fuera Quetzalcóatl regresando a reclamar su reino: algo muy probable, ya que Quetzalcóatl estaba supuesto a regresar en el año Caña 1, que de acuerdo con el calendario azteca era 1519 d.c.

En el Perú los hechos se desarrollaron algo diferente. En 1514, una epidemia de origen europeo -posiblemente tifus- llegó al Caribe y comenzó a avanzar desde la costa de Panamá hasta el territorio de los incas. Huayna Cápac, el onceno rey inca, murió en 1526, y su hijo, Huáscar, fue nombrado el doceavo rey inca en la ciudad capitalina, el Cuzco, en el altiplano andino austral. Atahualpa, otro de los hijos de Huayna Cápac, era virrey de la importante capital regional de Quito, situada a 1.600 kilómetros al norte. Al tiempo que el conquistador Francisco Pizarro y sus hombres llegaron a la sierra, Atahualpa se había apoderado del imperio y había ordenado el asesinato de Huáscar. En 1533, el propio Atahualpa fue ejecutado por el ejército de Pizarro en Cajamarca, aproximadamente a mitad de camino entre Quito y el Cuzco, cerca del antiguo centro religioso de Huamachuco. Sin ningún inca al timón, el imperio cayó precipitadamente bajo el control de los españoles.

Como los aztecas en México, los incas eran advenedizos en la larga historia de la civilización del Perú. Aparecen por primera vez en los anales de los aborígenes como una tribu pequeña del comienzo del siglo XIII de las vecindades del lago Titicaca, de donde ellos dicen haber salido del infierno a través de aperturas en las cuevas. De ahí pasaron al sitio de lo que sería su futura capital, el Cuzco. A través de las generaciones pudieron añadir territorio, hasta que alrededor del año 1500 controlaban un vasto imperio que llamaron Tahuantisuyu, «tierra de las cuatro esquinas», extendiéndose del Ecuador hasta el Perú, y más, hasta llegar a Chile. Los nombres y las hazañas de sus reyes fueron cuidadosamente mantenidos por cronistas aborígenes, y hasta tan tardíamente como en el siglo XX era el deber de cada niño de edad escolar en el Perú aprenderse de memoria al menos la lista básica de los reyes. El logro mayor era poder recitar todos los nombres de una sola vez:

1.Manco Cápac (probablemente legendario)

2.Sinchi Roca (que gobernó alrededor de 1250 d.C.)

3.Lloque Yupanqui

4.Mayta Cápac

5.Cápac Yupanqui

6.Inca Raoca

7.Yahuar Huacac

8.Viracocha Inca

9.Pachacuti (Pachacutec Inca Yupanqui) (gobernó 1438-1471)

10.Topa Inca Yupanqui

11.Huayna Cápac (murió en 1526)

12.Huáscar (murió en 1532)

13.Atahualpa (murió en 1533)

El octavo rey, Viracocha Inca, no debe ser confundido con el dios Viracocha, también llamado Coniraya o Coniraya Viracocha, mencionado muchas veces en las narraciones peruanas. Sin embargo, la deidad especial de los incas era Inti, el Sol. A través de los años, los incas adoptaron los dioses de las tribus que conquistaban, incluyendo al dios Viracocha, desarrollando al fin un panteón extenso, tal como se puede ver en el cuento «La Tempestad».

Es probable que la gran deidad a la que se refieren por igual las leyendas aztecas e incas, como «el Creador», «el Señor de la Creación», o hasta «Nuestro Señor quien creó el cielo y la tierra», no sea un dios indígena, sino una interpretación reciente de la cristiandad. En el cuento titulado «Predicar la Sagrada Palabra», esta figura se llama Dios, o Espíritu Único, y su contenido completo es sin duda alguna cristiano. No obstante, su dicción y estilo de narración son de matiz aborigen. Presentada por primera vez en 1565, la canción «Traer adelante» fue interpretada con el acompañamiento de un tambor de madera hueca de dos tonos, tocado con mazos de punta de goma. Igualmente, se dice que los cuentos peruanos, sobre todo aquellos documentados en el siglo XVI, fueron cantados por plusmarquistas profesionales.

1. Moctezuma

i. la piedra que habla

A Moctezuma lo que más le agradaba era crear monumentos grandiosos que le darían fama. Era verdad que cosas bellas habían sido mandadas a hacer por los reyes anteriores a él, pero para Moctezuma esos trabajos eran insignificantes.

-No son suficientemente espléndidos para México -decía él .

Y según pasaron los años, Moctezuma llegó a dudar hasta de la enorme piedra redonda, donde los prisioneros eran sacrificados a Huitzilopochtli.

-Quiero una nueva -dijo al fin-, y la quiero un antebrazo más ancha y dos antebrazos más alta.

Entonces se les mandó a los albañiles buscar un canto rodado en los campos aledaños que pudiera ser convertido en una piedra circular del tamaño de sus especificaciones. Cuando se encontró la piedra apropiada, en un lugar llamado Acolco, transportes y levantadores fueron llamados de seis ciudades y requeridos a traer sogas y resortes. Con estas cosas lograron forzar la extracción de una piedra de la ladera y la arrastraron a un lugar nivelado para ser esculpida. Tan pronto estaba en la posición apropiada, tirenta albañiles comenzaron a modelarla con sus cinceles, así volviendola no solamente más voluminosa que cualquier piedra redonda vista con anterioridad, sino más rara y bella. Durante el tiempo que trabajaron en ella, fueron alimentados con los más delicados manjares enviados por el propio Moctezuma y servidos por el pueblo de Acolco.

Cuando la piedra estuvo lista para ser llevada a México, los albañiles le enviaron un aviso al rey, quien ordenó a los sacerdotes del templo a que les llevaran incienso y un aporte de codornices. Cuando llegaron donde estaba la piedra, los sacerdotes la adornaron con serpentinas de papel, la perfumaron con el incienso y la salpicaron con goma derretida. Entonces le retorcieron el cuello a las codornices y la salpicaron con la sangre de las aves. Había también músicos con cuernos de concha y tambores de piel. Además, llegaron comediantes para entretener a la piedra mientras marchaba hacia su destino.

Pero cuando trataron de tirar de ella, la piedra no se movía. Parecía como si hubiera echado raíces, y todas las sogas se rompieron como cuerdas de algodón. Se mandaron a buscar a más hombres para tirar de ella de dos ciudades más, y cuando se pusieron a trabajar -dando gritos a derecha e izquierda y amarrándola con sogas nuevas- la piedra habló y dijo: - Traten de hacer lo que quieran.

Los gritos cesaron.

-¿Por qué tiran de mí? -preguntó la piedra-. No estoy dispuesta a voltearme ni a irme. No quiero que me halen para llevarme hacia donde quieren que yo vaya.

Calladamente, los hombres siguieron trabajando.

-Ahora tiren di mí -dijo la piedra-. Hablaré con ustedes después.

Y cuando dijo esto, la piedra se deslizó hacia delante y viajó fácilmente hacia Tlapiczahuayapan. Ahí, los que halaban de ella decidieron descansar por un día, mientras dos albañiles siguieron para avisarle a Moctezuma que la gran piedra había hablado.

-¿Estarán borrachos? -preguntó el rey cuando le dieron la noticia-. ¿Por qué vienen a decirme mentiras?

Entonces llamó a su dependiente y encarceló a los dos mensajeros. En cambio mandó a seis nobles a averiguar la verdad, y entonces ellos oyeron a la piedra decir: -Hagan lo que hagan, me niego a que tiren de mí.

Los nobles regesaron a México para decírselo a Moctezuma, y los dos prisioneros fueron puestos en libertad.

A la mañana siguiente, la piedra habló de nuevo: -¿Cómo me van a entender? ¿Por qué me halan? Yo me niego a ir a México. Díganle a Moctezuma que no es posible. El tiempo es muy malo y su fin se acerca. Él ha tratado de hacerse más grande que Nuestro Señor, quien hizo el cielo y la tierra. Pero tiren de mí si quieren, pobres infelices. Vámonos.

Y con eso la piedra se deslizó hasta llegar a Ixtapalapán.

Una vez más se detuvo, y una vez más enviaron a mensajeros a decirle a Moctezuma lo que la piedra había dicho. Igual que antes, él montó en ira, pero esta vez estaba secretamente asustado, y aunque rehusó darles crédito a los mensajeros por decirle la verdad, no los encarceló otra vez, sino que les dijo que se marcharan y que cumplieran con sus órdenes.

A la mañana siguiente, cuando los transportistas recogieron sus sogas, encontraron que la piedra otra vez se podía mover fácilmente, deslizándose hasta la carretera que iba a México. Avisado que la piedra había llegado al otro lado del agua, Moctezuma envió a los sacerdotes a que le dieran la bienvenida con flores e incienso, y para que la apaciguaran con sacrificios de sangre por si estuviera disgustada. Una vez más comenzó a moverse. Pero una vez que estaba en la mitad del lago, se detuvo y dijo: -Aquí y no más lejos.

Y aunque la carretera estaba hecha de maderos de cedro muy gruesos, la piedra se rompió y partió los maderos, cayendo al agua con un estrépito semejante a los truenos. Todos los hombres que estaban amarrados con las sogas fueron arrastrados y perecieron, mientras que muchos otros resultaron heridos.

Cuando fue informado de lo que había sucedido, el propio Moctezuma vino a la carretera para ver dónde había desaparecido la piedra. Pensando aún que podría llevar a cabo su plan, ordenó a los buceadores a buscar en el fondo del lago para ver si la piedra se había asentado en algún lugar del cual pudiera ser levantada a tierra firme. Pero no encontraron ni la piedra ni los hombres que habían perecido. Los buceadores fueron enviados una segunda vez, y cuando regresaron a la superficie, dijeron: -Señor, encontramos un pequeño rastro en el agua que señala hacia Acolco.

-Muy bien -dijo Moctezuma, y sin hacer más preguntas, mandó a los albañiles a regresar a Acolco para ver qué encontrarían, pero cuando regresaron, no tenían nada más que decirle al rey.

Todavía amarrada con las sogas y salpicada con incienso y ofrecimientos de sangre, la piedra había regresado a la montaña donde la encontraron.

Entonces Moctezuma se dirigió a sus nobles y les dijo: -Hermanos, ya sé que nuestros dolores y problemas serán muchos, y que nuestros días serán pocos. Respecto a mí, igual que con los reyes que me antecedieron, debo dejarme morir. Que el Dios de la creación haga lo que le plazca.

ii. la herida de moctezuma

Un día, cerca del pueblo de Coatepec, en la provincia de Texcoco, un hombre pobre estaba excavando en el jardín cuando un águila descendió del aire, se apoderó de él por el cuero cabelludo y se lo llevó hacia las nubes, cada vez más alto, hasta que los dos eran sólo unas pequeñas manchas en el cielo, y hasta desaparecer. Cuando llegaron al pico de una montaña, el hombre fue conducido a una caverna oscura, donde oyó el águila decir: -Señor Todopoderoso, yo he llevado a cabo tu mandato y aquí tienes al pobre campesino que me mandaste traer.

Sin ver a quién le hablaba, el hombre oyó una voz decir: -Está bien. Déjalo aquí.

Sin saber quién lo tomó de la mano, fue llevado a una recámara deslumbrante, donde encontró al rey Moctezuma acostado, inconsciente, como si estuviera dormido. El hombre fue obligado a sentarse al lado del rey, le colocaron flores en las manos y le dieron un tubo de fumar lleno de tabaco.

-Mira, toma esto y descansa -le dijeron-, y mira con cuidado a este ser miserable que no siente nada. Él está tan borracho de poder que le cierra los ojos al mundo entero, y si quieres saber hasta dónde él ha llegado, presiona tu tubo de fumar encendido contra su pierna y verás que no lo sentirá.
John Bierhorst

About John Bierhorst

John Bierhorst - Cuentos Folkloricos Latinoamericanos
John Bierhorst es el autor de dos libros sobre folklore latinoamericano, The Mythology of South America y The Mythology of Mexico and Central America. Un especialista en los idiomas y las literaturas aztecas, es el traductor de Cantares Mexicanos y el autor de un diccionario nahuatl-ingles. Actualmente es un editor de The Norton Anthology of World Literatura y había recibido subsidios y becas del Americas Society, el National Endowment for the Humanities, y el National Endowment for the Arts.
Praise

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“Una cornucopia de magia y mita. . . . Las páginas de éste volumen son encantadoras.” —Ilan Stavans

“Cuentos dinámicos que son cortos e expresivos y frecuentemente tienen remates sorpresas, haciendo la lectura super-interesante.” —Library Journal

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